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CONVERSACIONES  FEMENINAS

XIV. La casa

 

Si fuera posible escribir este capítulo suprimiendo su primera parte, sería para mí una satisfacción, porque es duro y amargo aquello que es preciso decir de la casa ciudadana, y lo duro y amargo siempre fue para mí pluma áspera y penosa tarea: mas si queremos que la casa campesina aparezca como el seguro puerto donde el bajel de la vida descansa del trabajo y la lucha, recuperando fuerzas para la nueva jornada y el nuevo combatir, no puede el pensamiento pasar adelante, sobre la realidad del domicilio ciudadano, sin sacar a la superficie, a la expectación de una crítica sincera y honrada, nuestros hogares de la ciudad, verdaderos nidos dispuestos especialmente para incubar el dolor, la intranquilidad, la pasión, el vicio, la insania, en una palabra, todo el cortejo deprimente y destructor del equilibrio físico, moral e intelectual del ente racional.

Es necesario decir la verdad; la casa de la ciudad contemporánea no tiene nada de hogar humano, y a la luz de la razón, ante los preceptos de todas las ciencias positivas, sería preferible que volviesen los hombres a habitar las cuevas prehistóricas de la época cuaternaria en vez de estas habitaciones ciudadanas, incluyendo en ellas no solo las de las clases burguesas, altas y medias, y las de las clases populares, sino los palacios de los próceres, donde la vanidad y el lujo ocupan el lugar de la higiene, de la limpieza y del orden.

Sí; entre las cavidades formadas por las rocas volcánicas, los basaltos truncados y las petrificaciones calcáreas, y estas estanterías donde se enchiqueran las familias ciudadanas unas sobre otras, son, a toda razón, preferibles aquellos recintos pétreos donde, por lo menos, la luz y el aire, libres de estorbos, pintaban sus iris y otorgaban sus purezas a los graníticos relieves, a los festones níveos de las estalactitas. ¿Cómo es posible que exista el prototipo de la familia humana en la casa de la ciudad? ¿Qué hay en ella que invite al reposo, a la paz, a la comunidad de afectos, de ideas y de trabajos? ¿Pueden ofrecer algunas de sus estancias un punto de olvido y descanso al dolor, al rendimiento de la lucha de afoega; un punto de esperanza y de valor para armarse de nueva energía que asegure el triunfo, o por lo menos la satisfacción, al sucumbir, de haber peleado como bueno? ¿En qué aposentos de nuestras casas ciudadanas existe la luz, el aire, el silencio, todo esto reunido, todo esto asegurado durante el día y la noche, para que los sentidos reposen, y el cerebro se rehaga, y el corazón se normalice, y el alma, sustrato de la vida, vuelva hacia sí misma su energía y se asegure de su destino, y adquiera conciencia de sus ideas, de sus  palabras, de sus acciones?... ¡La casa! ¡Ah!... ¡Qué fácil es tender la mirada hacia toda la escala de las especies animales que nos precedieron como habitadores de la tierra, y ver en ellos con qué esmero, con qué cuidado tan minucioso, con qué conocimiento tan exacto de sus necesidades y de su destino proceden para la construcción de sus casas! ¡Sólo el hombre sufre, en su razón, un eclipse, y no parece sino que corre desbocado por los caminos de la insensatez cuando de su hogar se trata!... (¡Quién sabe! ¡Acaso así tenga que forzosamente que obrar para que, al término de sus evoluciones de ser pensante, reúna, sin imperfecciones, depuradas por la dolorosa experiencia, todas las excelencias de las especies que le precedieron en la serie de las vidas organizadas!...) ¡Trabajemos y confiemos en el porvenir!

Desde el colibrí de las selvas americanas, que cuelga en los seculares caoba su diminuto nido, sujetándolo con delicadísimas fibras de liana, que le permiten balancearse en su hogar como en el cáliz de una flor tropical, hasta la ardilla de nuestros bosques, que arregla, con ramitas, en los copudos pinos su morada y el almacén donde guarda sus frutos cosechados; desde el oso polar que agujerea la nieve para enterrarse en ella y dormir el sueño invernal sin perder mucha grasa de la que recogió en estío, hasta la araña de nuestros campos, que hace su vivienda con puerta y todo forrándola de sedoso tapiz para que su cría sienta las precisas dulzuras tibias, todos, todos los animales de la creación organizan su nido, su hogar, en casa, con arreglo a los fundamentales destinos que las leyes de sus vidas les imponen; y nosotros, cuyo pulmón necesita torrentes de oxígeno para enriquecer la sangre venosa y cambiarla en arterial; cuyo cerebro exige para lucir en sus circunvoluciones el fluido fosfórico, engendrador de la idea, todas las vibraciones de la luz; cuyo esqueleto, el mejor organizado para evolucionar verticalmente con todos los modos de la agilidad fuerte y graciosa, necesita el continuo uso de sus placas articuladas; nosotros, destinados a las mayores purezas del aire, de la luz y del movimiento, como si padeciésemos una demencia suicida, hacemos nuestras casas de tal modo, las rellenamos de tales muebles, de tales artefactos y ridículos estorbos, que no parecemos, al meternos en ellas, al habitar en ellas, los reyes de toda la escala de seres inferiores, sino unos pobres simios disfrazados de racionales, aprisionados por hábil titiritero en vistosos jaulones.

En nuestras casas ciudadanas, (en todas) faltan la luz, el aire, el espacio, la pureza, la diafanidad, las anchuras, la alegría, el aliento, los horizontes, la sanidad, el ambiente físico, moral e intelectual, para que el cuerpo y el alma respiren la salud y la virtud, la dicha y la paz. En cambio, en todas las casas ciudadanas sobran todos los brocados, o los tapices, o los percales, o los papeles, tendidos o pegados en paredes, puertas y ventanas, sobran las molduras, los artesonados, los cuadros, los espejos, los divanes, los bibelots, los estorbos e inutilidades de cacharros y chirimbolos que igual da que sean de Sevres o Sajonia, que de Alcorcón o Valdemorillo; sobran los lechos (tal y conforme son)

¡Ah! sobra todo ¡todo! lo que constituye nuestro hogar ciudadano. ¡Cuántas veces por traer a él un objeto de arte o un objeto santuario, puesto de moda por el capricho del vicioso magnate, la familia burguesa se enfanga en el delito, y al poseer aquel utensilio trae a su presencia el vergonzoso y perenne recuerdo de la acción inmoral; y todo ¿para qué? para hacer más incómodo, sucio e insano el hogar familiar

–Pero, ¿Y lo artístico y lo bello?- diréis muchas de vosotras, obsesionadas por la tiranía de la costumbre. El arte, hasta que una nueva organización social, distinta completamente de la actual, le designe su verdadero sitio, secundario para la felicidad humana; el arte, hasta entonces, no debe mezclarse para nada en el proceso cotidiano de nuestra vida.

Para los objetos de arte; para el verdadero objeto de arte, puede existir, en la vivienda humana, el salón cerrado, apartado, alejado de todo el tráfico de la vida familiar: no es posible involucrar el orden de la existencia; lo primero que ha de nutrir la personalidad humana es la salud, la fortaleza, la moralidad, verdadera cualidad derivada casi siempre de los dos primeros elementos vitales; no hay ningún arte, por muy bello y sublime que sea, capaz de construir estos dos jalones de la entidad humana, que los otorga, incondicionalmente el contacto con la naturaleza, cuando incondicionalmente se acude a ella para encontrarlos; y bien, ¿hay algo que nos acerque a la naturaleza en la casa de la ciudad? ¿Serán acaso esas plantas llamadas de salón, lustrosas y extemporáneas, que necesitan para vivir que las lleven de cuando en cuando al aire puro, o que vegetan, si no , amarillentas y polvorosas en los jarrones de bronce o de barro? ¿Serán las pobres avecillas aprisionadas entre dorados alambres, que alisan sus plumas, roídas de parásitos, y cantan para no morir de pena y de hastío? Y no siendo en estas pobres especies siervas, plantas y flores, que el error y la crueldad arranca de sus medios naturales de vida, bajo el pretexto de una elegancia sentimental y dulzona, ¿dónde está representada la naturaleza en el hogar ciudadano? ¡Será, acaso, en esos cuadros de geniales pintores, o en esos cromos de la industria moderna que fingen riachuelos o selvas, furores del mar, suavidades del valle, o crudezas de los ventisqueros…? ¡Cuán pálidas, raquíticas y menudas, resultan las copias que el pincel humano intenta trazar de los admirables cuadros de la Naturaleza! Y estas vagas y pequeñas remembranzas de todas sus maravillas y hermosuras, ¿merecen ocupar en nuestras casas sitio alguno, cuando nuestro pulmón, nuestro cerebro, nuestra sangre y nuestros nervios, piden y exigen espacios anchurosos, luz exuberante, aire purísimo…?

 

 

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Levantemos en los campos la morada racional de nuestra especie. Busquemos en ellos el alto sano, el montículo; allí observemos de donde soplan con mayor insistencia los vientos y atajémoslos con sólida pared, a su abrigo construyamos la casa, firme (en nuestro continente puede ser firme) de piedra, de cemento, o de hierro, bien reservada de la humedad del suelo; pero levantémosla de un solo piso, que no sobresalga del nivel de la tierra más que 50 centímetros rellenos de piedra y de cal; si es posible pongamos su fachada hacia el sol del Mediodía que en nuestro clima inunda de calor en invierno, y se levanta y cae hacia el Norte en el estío apenas transpuesto su Meridiano; de todos modos, que el sol bañe las paredes por los cuatro costados, después tracemos ventanas altas, anchas; huecos múltiples por donde entren luz y aire a torrentes, con desbordado impulso. Hacia el lado donde las brisas soplen más fecundas y tibias construyamos amplia galería de techos y paredes laterales y frontal de cristales diáfanos y rectos; esta galería que lo sea todo en la casa; mejor dicho, que sea la casa entera; en esta galería que se abran recintos espaciosos, dentro de la parte sólida de la casa, habitaciones grandes, con ventanas todas, donde se extiendan nuestros lechos altos, duros, sobrios de ropajes, cambiados según las estaciones, siendo en invierno sus colchones de lana, siendo en verano de crin o de hoja seca; lechos que solo alberguen nuestros cuerpos el tiempo preciso al sueño nocturno (para la enfermedad o la ancianidad otros lechos, en otras estancias, conformes al sufrimiento o a los achaques).

En esta galería casa, que se halle la cuna o las pieles de oveja sobre tarimas para la infancia; la poltrona para la vejez; la mesa de estudio y de trabajo para la juventud. En esta galería, de elevada techumbre (ninguna habitación humana debe tener menos de 4 metros de elevación) y suelo entablado, la biblioteca; la mesa de la comida del medio día (una sola comida debe ser familiar, después las otras dos, ambas ligerísimas, hasta llegar a suprimirlas, deben hacerse según la edad y fuerzas de los individuos). En la galería los armarios, con los instrumentos e ingredientes elementales de las ciencias físico químicas aplicables a la higiene, al orden al bienestar domésticos. En uno de los extremos de la galería, con puerta especial al exterior, la cocina, la gran pieza-laboratorio en la vida familiar, la cocina amplísima, radiante de luz, de agua, de ambiente, con bruñidos suelos y techo elevadísimo y amplia salida de humos por alta chimenea; todo su menaje espléndido de blancura y limpieza; en todos sus rincones la diafanidad de un aseo continuo, minucioso, eternizado, y en el sitio principal de la estancia, como trono de la humana especie, que al descubrir el fuego engarzó la mejor perla de su corona racional, el hogar, presidiendo en el sitio de honor la altísima faena de la preparación del alimento, una de las formas más soberanas del trabajo humano… el hogar sosteniendo, en la granítica losa, el recio tronco de roble, símbolo sublime de la fortaleza y de la utilidad.

Después, retirada del centro, alguna estancia para los aperos del trabajo y para las ropas de la familia, que deben ser todas las interiores blancas, amplias, lisas, pero abundantes, siempre plegadas y dispuestas, olientes a tomillo y espliego para acudir a vestir cotidianamente de limpio el cuerpo humano; lujo de ropas blancas, compensando la escasez de las carnavalescas libreas de la moda y la vanidad con que los hombres, y sobre todo las mujeres, cambian sus bellezas naturales en líneas de maniquís articulados, similares, por las mamarrachadas del adorno, a los salvajes indomables de la Polinesia, que arrancan las colas de las aves para clavárselas en la coronilla y se taladran las narices para colgarse en ellas raspas de peces.

Lejos, muy lejos de este centro del hogar; el salón, encerrando el lujo y la vanidad de las artes; guardando los recuerdos venerables de la ascendencia; el libro de los antepasados, el código manuscrito donde el honor de las virtudes paternas o maternas sirva de norte a la progenie; el salón abierto solo en las fechas solemnes de la familia o en las contadas horas de la huelga y el festejo.

Las paredes de la casa blancas por dentro y por fuera, redondeadas sus esquinas, dispuestas a la enjalbegadura de cal en cada estación; lavado purificador de las miasmas y microbios. Los suelos de cemento, revestido de tablas factibles del fregado semanal. En edificio anexo al principal, aquellas estancias precisas para los animalitos domésticos, para las pequeñas industrias rurales, que sólo la mujer debe regir y gobernar. Todo este conjunto de casa y anexos sin cerca ni tapiales; un alambrado sólido para la familia menuda del corral… ¿Hace falta más? Sí: que en esta galería-casa se vayan poco a poco suprimiendo cristales y puertas, de modo que llegue la hora bendita en que nuestro sueño, garantido por la fraternidad de nuestros semejantes, cobijado por un techo de cristales, pueda deslizarse tranquilo en la callada noche teniendo enfrente la eterna majestad del infinito…

Y hace falta que esta galería se abra sobre verdes praderas, cruzadas por cristalinos arroyos; que domine anchos horizontes, plácidas perspectivas, deliciosos paisajes; y hace falta que delante de su escalón de piedra, la ciencia y el progreso, el altruismo y la razón, extiendan ancha calzada por donde lleguen a la casa humana racional, los destellos de la luz eléctrica; las ráfagas del gueto, generador de fuerza y calor; los ecos de la voz humana y los acordes de la armonía; el locomóvil-tienda o el locomóvil-taller; que reparte, en los umbrales del hogar, los elementos más esenciales de la vida, y cuando así, en medio de los campos, hayamos conseguido elevar nuestra casa; cuando en ella reine y gobierne la salud, la razón, la natural belleza, el trabajo, la ciencia y la fraternidad, los seres humanos al refugiarse en estos lares, en armonía con su naturaleza físico-psíquica, dejarán a sus puertas, si aún los sintieran, los odios, las pasiones, las inquietudes, las ambiciones, las vanidades…¡todo el bagaje de dolores y tristezas que hoy entenebrecen nuestras casas, acaso porque en ellas impera, en absoluto, la sombra, el miasma, las inutilidades, la insania…

¡Que los seres racionales habiten pronto las moradas donde la luz, el aire, la alegría y la paz hagan recuperar, sostener o engendrar energías fecundas, capaces de seguir, por el camino de la vida, sembrando la ciencia y la razón a través de los siglos!

 

 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

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