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CONVERSACIONES  FEMENINAS

X. La juventud

 

 

Una vez creada la niñez hay también que salvar la juventud, porque, así como no se encuentra en la niñez el germen de la energía, ni de la sanidad, tampoco ofrece la juventud la promesa de una virilidad sabia y fuerte, y esta afirmación categórica no surge de la imaginación sino de la observación.

Cuando durante algún tiempo se presencia la entrada de paso de grandes trasatlánticos extranjeros, si el que mira desembarcar el pasaje que sale a esparcirse, tiene el hábito de observar, herirá su atención, en primer término, el contraste de los viajeros jóvenes de uno y otro sexo con la juventud española que pulula por muelles y calles. Aparte de los caracteres de raza, perfectamente distinguibles por una mediana ilustración, surgen otras diferencias desconsoladoras que radican en el estado fisiológico de nuestro pueblo.

Toda nuestra juventud ciudadana, la mayoría de nuestra juventud, ejerce la candidatura continua a la anemia, a la histeria, a la tuberculosis;  y un nutrido número de esta mayoría vive, mejor dicho, vegeta en pleno dominio de estas depauperaciones. En cuanto a su estado psíquico es la continuación del físico: una intensa e irremisible mendicidad espiritual se cierne sobre la existencia de nuestras juventudes, por otra parte lo bastante bonitas para ocultar su mísero estado… ¡Cruel es decir esto, pero es mucho más cruel, que sea una verdad!

El joven de nuestras ciudades, el joven español (toda vez que los campos de la patria son suburbios de las poblaciones) parece consumido, agotado, exprimido; en sus músculos no hay fibras resistentes y elásticas, en sus huesos no hay placas jugosas, en sus médulas no hay sustancias fosfóricas, en sus aspiraciones faltan los grandes ideales, sus pasiones carecen de vigores altruistas, en sus trabajos escasea la perseverancia.

Pálidos, nerviosos, estremecidos ante el obstáculo imprevisto, muy cuidadosos a la vez de todas las minucias de la exterioridad, su vida se desliza en el plano de las concupiscencias, a cuyo final, perdidos ya en el propio criterio de la dignidad y la energía, se encuentran con una edad madura exhausta de aquellas altezas de la razón y de la fuerza necesaria para cumplir sus graves destinos humanos.

Nuestra juventud varonil, huida completamente de todo cuanto se relaciona con la naturaleza, camina obcecada por las escabrosidades de un seudo intelectualismo donde, la mayoría de las veces, se quiebran todas sus vocaciones, se estrellan todas sus aptitudes.

Ínterin los campos agonizan en esterilidades y miserias, las Universidades se reprietan de jóvenes inteligencias deseosas de lograr, con la cartulina del título académico, un marchamo para recorrer la sociedad como persona decente y ese título cobija pocas veces una entidad valiosa para el engrandecimiento social; ese título es, casi siempre, la etiqueta de una mercancía averiada que es ya muy conocida como inferior en el mercado patrio, pues toda vez que la realidad de la vida se impone sobre todos los convencionalismos, los títulos no bastan, por sí solos, a llenar el vacío de una inteligencia pueril, de un corazón egoísta o de un carácter quebradizo; y de aquí ese enorme ejército de mendigos titulados académicamente que, antes que vestir la honrada blusa del obrero manual, arrastran andrajosa la toga del doctorado por todos los sitios donde el favor o la lisonja puede darles un pedazo de pan.

En cuanto a la juventud femenina, ¿dónde está sino ensimismada en todas las baladíes ocupaciones de una coquetería sexual, avasalladora, exclusiva…? ¿Qué otros cuidados existen para nuestras jóvenes ciudadanas que aquellos que tienden a hermosearlas, a embellecerlas? y no para hacerlas apetecibles y deseables cumpliendo los cánones de la hermosura artística, sino utilizando modas y maneras tan rebajadoras de la belleza como son esas modas de quebrarse en dos mitades el cuerpo con cintura de avispa, de estrujarse los pies en calzado con puntas de aguja; de entorpecer el paso con sayas de antihigiénica cola…

Y si la juvenil inteligencia femenina se cultiva es para atraer, con mejores armas, las sensualidades del hombre, no para llevar su espíritu, firme y valientemente, a las alturas de la temperancia y de la fortaleza; y de estas dos juventudes cuando se encuentran, surge ese hogar burgués contemporáneo, ese horrible hogar con su estrado lleno de inutilidades y su cocina falta de cazuelas; con su salón adornado de flores y plantas, y su comedor donde no se sirve más que deslabazado cocido o golosina insustancial; con sus alcobas oscuras, sus lechos revueltos y sus tocadores llenos de afeites.

De estas juventudes, cuando se juntan, se forman esas familias donde los niños lloran siempre, donde las jovencillas turnan los novios a espaldas de sus padres y los muchachos galantean a las criadas; donde el hombre, el sostén, el mentor, el fuerte pasa las noches entre el alcoholismo o la crápula; y la mujer , la digna, la noble, injerta en la casta de los suyos al hijo bastardo fruto del aburrimiento o del despecho…

¡Suspendamos la pluma! ¡Dejemos sin trazar los últimos perfiles de cuadro tan sombrío…!

Es preciso que nuestras juventudes dejen esta senda de perdición, porque ¡cuán equivocados están los que imaginan que es posible regenerar una nación, una raza, una muchedumbre, sin atender cuidadosa y minuciosamente a la cultura y a la racionalidad del individuo!, y el individuo donde nace, donde se conforma, es en la familia, y en la familia ¿quién absorbe, domina e inspira la educación y la ilustración de la niñez y la juventud, sino la mujer?

Por eso repito mil veces a la mujer que es necesario cuidar de nuestros niños, de nuestros jóvenes; veamos que para fortalecer su estado psico-físico es preciso lanzar a los niños a la vida del campo; veamos que para depurar e intelecturalizar, con toda la grandeza de extensión que alcanza esta palabra, a nuestra juventud es preciso también llevarla a los campos; mejor dicho, no saquemos a la niñez de los campos; dejémosla que en ellos llegue a la juventud, y cuando sus infantiles años hayan pasado compenetrándose de todas las hermosuras de la Naturaleza, cuando llegue la niñez a la pubertad y se encuentre en ella vigorosa, inteligente, enérgica, valiente, noble y generosa, ¡qué fácil le será huir por la propia voluntad de todo centro de corrupción y enervamiento! ¡qué fácil le será a nuestro joven, nacido y criado en medio de los campos, saturado de sus purezas, ahogarse en las corruptas atmósferas de espectáculos y salones! ¡qué fácil le será aborrecer el insano trasnochar, la viciosa vagancia, los refinamientos sibaríticos de la vanidad, de la gula, de la lujuria! y si la efervescencia de la sangre primaveral le lleva a gustar aquellos nuevos placeres que le ofrecen la estancia accidental en la ciudad, ¡cuán pronto su naturaleza, sana y equilibrada por el trabajo y la paz, sentirá el hastió de aquella correría, y con qué firme propósito volverá a la vida en la cual se hizo hombre, y cómo la amará desde entonces por comprenderla iniciadora de todos sus futuros destinos racionales!

Pongamos la esteva y el cayado en manos de nuestra juventud; vistámosla con la blusa del obrero campesino; llevémosla a la ciudad sólo el tiempo preciso para que aprenda en los centros de enseñanza agrícola… (ya que desdichadamente estos centros están en las ciudades), todas aquellas teorías absolutamente precisas para hacer fecunda la práctica; liguemos el destino de nuestro jóvenes al destino agrícola de la patria; liguemos sus inteligencias a la madre tierra, de la cual han de nutrirse mientras existan; que sus cerebros, abarcadores de la gran síntesis del Universo, al estar acostumbrados desde niños al análisis de sus maravillas, empiecen a sentir virilmente todos los deberes que tiene el hombre que cumplir respecto a sus semejantes, respecto a la Humanidad; extendamos en el horizonte de la imaginación juvenil el panorama de su alteza intelectual; que viéndose a sí mismo en la cumbre radiosa donde la razón contempla la inmortalidad armonice la más insignificante de sus acciones con su porvenir, de modo que en todos los instantes de la existencia esté pronto y dispuesto a cerrar el debe y el haber físico, moral e intelectual con la vida, sin que se encuentre nunca en el balance ni un solo desfalco en perjuicio de la razón, de la verdad y de la justicia.

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora