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CONVERSACIONES  FEMENINAS

IX. La infancia

 

 

¿No será posible que redima la mujer a la infancia? ¿No será posible que, al sentir sobre su corazón, ceñida por los maternos brazos, a esa inocente criatura, el cerebro de la mujer abarque toda la grandeza de su misión maternal? Y si la abarca ¿dejará a la infancia indefensa ante el viento asolador de las concupiscencias que sopla sobre nuestros corrompidos centros sociales?

¡Ciñamos a la frente femenina la insignia de salvadora de nuestra infancia; que se juramente una agrupación de mujeres dispuestas al sacrificio que la maternidad impone y, como hueste iniciadora de una nueva cruzada, emprendan con valentía y serenidad la alta empresa de regenerar a nuestros niños!

¿A dónde irá la caravana con esos tiernecillos bosquejos del hombre y la mujer futuros... No vacilemos en la elección de la ruta: hay que ir en derechura al campo; hay que buscar las selvas, las montañas, las praderías, las costas; hay que arrancar con mano firme, sin hacer caso de las sugestiones de la vanidad, las preseas que agobian los cuerpos infantiles; hay que inundar sus carencias con los rayos de un sol sin umbrías ni rinconadas, y sus pulmones con las ondas de un aire puro, libre, acre, saturado del salvaje perfume de los breñales o de las escolleras; hay que sacudir los músculos rosados y temblones con los límpidos cristales del agua de las cascadas, o con las espumas de las rompientes marinas; hay que curtir la sedosa piel de sus manitas y su piececillos con el contacto de las rocas, de las florestas, de los arenales; hay que llevarlos a que sus ojos aprendan a mirar los abismos de las montañas, las inmensidades del cielo; y todo esto hacerlo sin retrocesos, ni desmayos, en una continuidad de horas, días y años que vayan, poco a poco, arrancando, átomo por átomo, todas aquellas roñas de la miseria fisiológica que consumen, secan y esterilizan las energías vitales de nuestra niñez; y cuando su sangre, y sus huesos, y sus músculos, y sus nervios, comiencen a rehacerse para constituir un baluarte defensivo contra el dolor, es preciso seguir, aún, la senda emprendida, para que, de aquel renacimiento de vigores, aptos para el triunfo de la vida, empiece a irradiar en el espíritu un poder conformador de carácter sereno, equilibrado, firme, valiente, trabajador, seguro de sí mismo, seguro de la humanidad, seguro del Universo.

Es preciso que esa hueste angelical que puebla nuestras sociedades, bebiendo en ellas la infección de su cuerpo y de su alma, corra, casi salvajemente, por los campos, y trepe, sin temor a las desgarraduras, por montes y arrecifes; que cruce los valles, y teja guirnaldas de brezo y madreselva para ceñir su cabeza libre de los atormentadores rizados; que su vestimenta, fuerte y amplia, no sea tormento de su agilidad, sino resguardo a la inclemencia atmosférica; que al surgir los primeros destellos del sol, salga resuelto a unir los gorjeos de su niñez agreste con el canto triunfal de la alondra; que al apagarse la lumbrera del día, se refugie, cansado de sus correrías, en un hogar tibio y puro, donde el fuego del sol, haya templado la limpia cuna; donde no haya más aroma que el de las brisas del valle; donde el fulgurar de las estrellas llegue sin que lo entolden gasas ni cristales…

Es preciso que la niñez aprenda a conocer motu proprio cuanto a la naturaleza y a la agricultura se refiere y que lo aprenda sintiendo el acicate de la curiosidad; que estudie la Zoología y la Botánica sin bostezar de hastío e insuficiencia al verlas en el indigesto libro; que le sean asimilables estas ciencias al encontrarlas sin la terminología pedantesca. Que busque el hormiguero y se extasíe, tendido sobre el blando césped, al ver a esos maravillosos insectos ordenar sus rebaños de pulgones, sacar las cunitas de sus hijos al sol del mediodía, acometer a tribus débiles para esclavizarlas en servidumbre sumisa. Que siga a la oveja por los altozanos del monte y la vea, al asomo del peligro, palmotear sobre la tierra con su pezuña, avisando a sus compañeras; que le entienda el balido de dolor si olfatea el lobo, el balido de alegría si barrunta a su corderillo. Que escuche a los cuervos cuando, al amanecer, en las umbrías serranas, gritan, citándose unos a otros, para luego marchar en huestes hacia los cuatro vientos a buscar la pitanza. Que vea la labor de la abeja obrera, y conozca el régimen de la república autoritaria del colmenar que no quiere más que una reina, a la cual mata así que la considere inútil para su misión engendradora. Que observe las orugas procesionarias que cambian de árbol siguiéndose la una a la otra a través del pinar y, si se las corta bruscamente la ruta y se les deshace el rastro, empiezan a trazar círculos extensivos hasta que al fin dan con las huellas de la vanguardia y continúan su procesional marcha.

Que vaya a buscar, sobre las ásperas escolleras, la atmósfera saturada de sodio y el yodo del mar, y salte, sobre las rocas descubiertas al bajar la marea, hasta encontrar los charcos de agua recogida en las grietas y cavidades de los peñascos, esmaltados con las incrustaciones de los erizos, orlados por los diáfanos flecos de las anémonas. Que allí, extasiado ante aquellos océanos en miniatura, estudie el hábil y diminuto ermitaño, de formidable cabeza y blando cuerpo, buscando al caracol confiado, para sacarlo con sus pinzas de la concha, metiendo en ella la parte débil de su organismo y, así resguardado, asomar la temible cabeza, pronta a coger el tenue pececillo; y que lo vea caer, preso e impotente, cogido por los flexibles látigos de las nacaradas anémonas que, como red delicada con hilos de purpúreo cristal tejida, envuelven y aprisionan al pobre ermitaño hasta sacarlo de la usurpada concha, devorándolo, con placer de sibaritas, después de amortajarlo con orlas gelatinosas. Que mire, entre las pequeñas algas festoneadas con tornasoles de esmeralda y zafiro, el cangrejo emboscado, con cautela de pirata, para coger al barbillo, que se desliza apaciblemente entre la floresta, sin imaginar que ésta oculta las pinzas del terrible carnívoro, que, a su vez, celado solapadamente por el insaciable pulpo, apenas tiene tiempo de saborear su presa cuando se siente cogido y aplastado por el tentáculo absorbente y desmenuzador que tritura su coraza y amasa en pastoso jugo sus entrañas… Que pregunte y conozca la causa de esta lucha sangrienta, que no tiene más límite que la armonía y el equilibrio de la potencia creadora de la vida.

Que se deleite viendo cómo se pliegan sobre sus ramillas las hojas de la acacia, así que la noche extiende su capuz, durmiéndose apaciblemente, hasta que las ráfagas de la aurora la bordean con perlas de rocío. Que mire las raíces de la hiedra trepar hacia la luz desde las grietas más sombrías. Que contemple los pistilos de las flores, sacudiendo su polen sobre las alas de las mariposas que, cual mensajeros de amor, lo llevan a otras flores lejanas…

Y cuando todo este torrente de vidas que cruza palpitante la tierra y se extiende desde el liquen microscópico que afianza su raicilla en el duro granito, hasta el águila real que gira soberana por el espacio azul; cuando todo ese universo animal y vegetal haya entreabierto sus decálogos ante las curiosidades infantiles, que nuestros niños escuchen, de labios de sus madres, con ellas vivientes en medio de los campos, la necesidad de amar a ese mundo, la necesidad de respetarlo, de estudiarlo, de comprenderlo, para que la inteligencia se eleve en poder y el corazón se afine en ternuras.

Y cuando ya nuestra niñez regenerada comience a sentir las grandes energías, los grandes deberes; cuando la pubertad, primavera sublime del hombre, extienda sus brisas sobre estos niños nutridos con todas las purezas y vigores de los campos, el genio de nuestra raza íbera, despertando del ensueño melancólico en que yace agobiado por las futilidades de nuestro existir, irradiará en la frente de estas juventudes robustas para dotarlas de aquella indómita energía, de aquella inteligencia poderosa que, durante siglos enteros, pobló el mundo de héroes y la humanidad de sabios.

 

 
 

 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora