Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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XIV. Los enfermos

 

Me vais a permitir, en esta jornada, exponer a vuestra consideración particularidades de mi vida, pues aunque soy refractaria al estilo subjetivo, en vista de que en nuestras costumbres, satirizadotas y vulgares, es muy usual imaginar que todo escritor es un embustero, y , más cuando trata de sí mismo, no es posible, en un trabajo didáctico que se desarrolla en términos casi familiares, desentenderse en absoluto de la personalidad del autor; y en esta ocasión es de tal importancia, para la afirmación de la tesis que estoy pretendiendo desenvolver, el tratar experimentalmente el asunto, que no puedo menos de ofrecerme en expectación vuestra, aun arrostrando la envidiosa inquina de almas, nutridas por la mentira que suponen siempre mentirosos a los servidores de la verdad.

Sea, pues, este periodo de mi conversación un esquema autobiográfico de aquella parte de mi existencia, en la cual el dolor trazó sobre mi frente sus misterioso signo.

Hija de padres robustos y hermosos, de abolengo fuertísimo y de larga vida, pues mis abuelos murieron, respectivamente, de 80 a 90 años, y habiendo gozado excepcional salud, un detalle de mi concepción, al parecer insignificante, debió, sin duda, influir, ayudado por el medio que rodeó mi niñez… (Nací y me crié en Madrid y en su centro más populoso: alrededor de la Puerta del Sol pasé mi infancia) para alterar mi robusta y armónica naturaleza con una enfermedad crónica que me atacó a los ojos y fue diagnosticada, por eminencias médicas, de conjuntivitis escrofulosa. El detalle de que antes hice mención, y que sin duda me hizo débil para resistir remotos atavismos escrofulosos, fue que mis progenitores se unieron a la edad de 17 años mi padre, de 15 mi madre; ¡tiernos seres que, casi niños, me tuvieron en sus brazos, viéndose padres cuando apenas habían tenido tiempo de escuchar los cantos primaverales de la vida!

Empecemos mi odisea dolorosa y veamos cómo en ella no se puede llamar vencedora mi naturaleza sino cuando mi noble y amado padre, resuelto y entusiasta aficionado a la caza mayor, me llevaba, en pos de sí, a las bravías soledades de Sierra Morena.

Desde mis cuatro años empezaron a poblarse mis ojos de úlceras perforantes de la córnea, el cauterio local, los revulsivos, las fuentes cáusticas… todo el arsenal endemoniado de la alopatía sanguinaria y cruel empezó a ejercitarse sobre mis ojos y sobre mi cuerpo; y si las quemaduras con nitrato de plata roían los cristales de mis pupilas, y las cantáridas en la nuca y detrás de las orejas llegaban a veces a descubrir el hueso; era sólo para darme algunas semanas de respiro; un constipado, un granito de arena, un exceso de golosina infantil volvía a entronizar el proceso ulceroso, y mis ojos tornaban a la ceguera; y el quejido del atenazante dolor helaba la risa en mis labios de niña, y mis manos, ávidas de ver, comenzaban de nuevo a tantear objetos y muebles, siendo mi usual conocimiento de las cosas más por el tacto y el presentimiento que por la realidad de la forma y el color.

El recurso supremo para el alivio de mi estado era la sierra, el mar, el campo. Cuando todos los grandes oculistas habían desfilado junto a mi lecho, cuando toda la farmacopea había vertido su torrente terapéutico sobre mí, la voz de mi sabio abuelo materno, viajero incansable, que decía desde Londres o Viena: “¡Esa niña al campo!”; la voz de mi abuelo paterno, nobilísimo señor que pasaba la vejez en su casa solar de Andalucía y que escribía: “¡Venga esa niña al campo!”, determinaban la voluntad de mi padre de usar el recurso extremo; y con un trajecillo a propósito, cortados mis cabellos, arrancados de sobre mí carne vendajes, cáusticos, emplastes y potingues, mi padre y yo montábamos en el tren andaluz hacia las posesiones de mi abuelo en pos de las valles floridos, en pos de las selváticas cumbres de la sin par Sierra Morena.

A las primeras bocanadas de aquellos purísimos aires, impregnados del perfume de los jazmines, de las adelfas y de las rosas, un escalofrío de salud iba extendiéndose por mis musculillos de y años y ¡bien me acuerdo! sentía desde adentro, desde lo hondo, desde lo más íntimo de mi ser, un desnudarse de contracciones, de encogimientos, de pavores que iban rompiendo, quebrando, deshaciendo los atadijos del dolor y de la tristeza; de modo que antes de llegar a posar la planta en aquellos vergeles del campo andaluz, mis ojos comenzaban a abrirse, y, desligándose sobre lágrimas quemadoras de las escaras de la ulceración, se fijaban atónitos, limpios y lucientes, ebrios de alegría, al extender la potencia de sus pupilas en aquella orgía de colores y destellos que al sol de Andalucía derrama en la tierra.

Y si las garras del mal que me acosaba no se aflojaban en los primeros instantes de mi llegada al campo, no había más que montar a caballo y subir a la Sierra; ascender a las umbrías de Madrona, a los llanos de Navalahiguera, a las cumbres del Tamaral, a las mesetas de la Solana; abrir allí las tiendas de campaña; descargar las mulas del hato de la expedición; sentar el rancho de los monteros y ojeadores en pleno jaral; soltar los robustos podencos de la jauría; y al alegre resonar de las caracolas, ordenadoras de la batida, empezar el ojeo a través de los bosques alcornoqueros, del frondoso encinar de los altos madroñales y de los verdes lentiscos, donde sestean los jabalíes, pacen los venados y se esconden los lobos y los gatos monteses…

-¡Padre bendito! ¡Veo tu imagen, arrogante y valerosa, ceñida con el airoso traje de estezado; al cinto el recio cuchillo de hoja toledana, con tu nombre y las armas de tu casa cinceladas en la empuñadura; tu cabeza cubierta con el chambergo, adornado con las plumas caudales del águila real, menos gallarda y fuerte que tú; la riquísima escopeta, de calibre excepcional, sobre tus robustos hombres, y cruzado tu pecho por banda de cartuchos, por ti mismo cargados!

Te veo salir, con tu pie de niño y tu paso de atleta, por entre los riscales donde se alzaba el campamento, llevándome de tu mano pequeña y leal, donde tan claro se leía tu noble abolengo; y cuando ya solos los dos en el puesto de espera de reses, jadeante yo por mi trabajo de seguirte a través de la maleza, alzaba mis ojos, claros y brillantes, con toda la ternura y toda la gratitud y el respeto que pueden coger en mi alma, la radiante alegría que se reflejaba en tu ambiente al ver aquellos ojos de tu hijita adorada abiertos y sonrientes bañándose en el Océano de la luz de tu patria!

¡Cuantas veces mis lágrimas, prontas a caer siempre ante el sepulcro que te encierra, se tornaron en sonrisas al pensar que sufrirás si acaso ves llorar mis ojos…!

Dispensadme esta digresión: ¿no tendréis también vosotras muertos amados…?

El Cantábrico, Santander, 26-5-1902

 

 

 * * *

 

Pasaron muchos años, más de veintidós, y por fin mis ojos curaron definitivamente a causa de la invencible resistencia a vivir en Madrid y después de haber sufrido la cruenta operación de la pupila artificial que maravillosamente me hizo el doctor Albitos.

La salud llegó a ser el estado continuo de mi vida hasta que, por consideraciones familiares, comencé a vivir en los alrededores de Madrid.

En aquella Castilla de clima feroz, hubo de adquirir unas intermitentes leves, de esas que con alguna dosis de quinina y un cambio de residencia suelen curarse: por tolerancia hacia opiniones ajenas y por buscar eminencias médicas, en vez de huir de la corte, fuime a ella con aquellas leves tercianas [fiebres ¿palúdicas? que se repiten cada tres días] y al mes las fiebres perniciosas más horribles, con períodos de frío de ocho a diez horas, me rendían en una caquexia palúdica que me tuvo meses y meses en agonía perpetua…

¡Ah! ¡En medio de aquel agotamiento de todas mis energías vitales, entre las nieblas de la muerte que cercaban mi inteligencia, surgía, como luz diáfana, sin entoldar por ningún crespón, la esperanza honda y ardiente de correr a los campos, a las montañas, a las costas…! ¡No; no quería morir sin volver a mirar los húmedos vergeles del planeta, y aquella lucecita, aquella esperanza pintaba en las ensambladuras de mi vivienda madrileña, bosques frondosos donde gorjeaban los malvises y volaban mariposas blancas; acantilados ciclópeos sacudidos por las rompientes del Océano, esmaltados de moluscos festoneados de algas. Entre los cortinajes de la estancia ciudadana, sobre las mesas llenas de “bibelots”, en el entrecruzado arabesco de las alfombras, subiendo por las cadenillas de las lámparas y de los candelabros, contorneando divanes y butacas, irradiando en los espejos y en la cristalería del balconaje, aquella esperanza agarrada a mi alma, iba trazando, con el pincel de la imaginación cuadros maravillosos de la Naturaleza. Y cuando las noches serenas de mayo traían a mi lecho, que hice colocar frente a un mirador, destellos de los astros, a pesar de que me sentía hundida en la muerte, volvía la mirada ansiosa al espacio para ver allá, a lo lejos, en las montañas y en los valles por mi esperanza evocados el dulce despertar de la florida primavera.

Al heroico esfuerzo de mi voluntad, secundadora de cuanto la ciencia y el cariño hacían por mi salud, pude, al fin, tenerme en píe, y así que de píe me tuve, sin oír a nadie, como sonámbula que acude a la cita sugestionadora, firme, terca, arrolladora de toda otra voluntad que no fuera realizar mi deseo de marchar a los campos, acribillándome yo misma a inyecciones de quinina para no decaer en mi resolución, corrí a Galicia, a las ásperas escolleras que se extienden desde el Cabo Silleiro a La Guardia, donde viene a entrar la tibia corriente del Golfo Mejicano, saturada del yodo y el sodio del mar del Sargazo.

Al pisar la primera aldea gallega de aquellas costas se me cortó la fiebre; al mes empecé a sentir la vida y la fuerza en mi agotado organismo, y a los tres meses me movía ágil, fuerte y sana por las rocas, devorando mariscos vivos que llevaban a mi sangre ríos de hierro y fósforo.

¡Ah Galicia! Si la mayoría de tus habitantes no fueran tan serviles, si se dieran menos a la traición y más a la lealtad, allí, a tus paradisíacas vegadas hubieran ido a terminar mis días. Pero esta tierra Cántabra es igual a Galicia y a sus habitantes les creo incapaces de la felonía. Cantabria tiene las florestas gallegas, habitadas por hijos casi directos de los celtíberos, sin mezcla de suevos ni de normandos que, al invernar en las playas galaicas, dejaron rastro de su sangre de piratas. Los cántabros son duros y rudos como los peñascos de sus montes, pero sinceros y nobles, incapaces de las villanías incubadas por la esclavitud…

Una última etapa de mi vida.

Resuelta ya (y ahora creo que para siempre) a vivir fuera de toda ciudad, hube, en una ocasión y estando de paso en Madrid, de coger un catarro de esos de mano armada, que son primos hermanos de la pulmonía por su carácter de rápida combustión.

Corrí a mi casa quinta de Pinto; se aparejaron mis caballos, se metieron en el tren y antes de las 24 horas estábamos, mi viejo criado y yo, en Cercedilla, a pie de las cumbres del Guadarrama.

Con fiebre bastante alta, con una respiración jadeante, con un escalofrío continuo, y con dolores aplastantes en todas las articulaciones, monté a caballo, y al paso castellano apretado me encaminé al puerto del León (Guadarrama) por trechos y veredas que desde Cercedilla llevan a la cúspide. Tenía mi propósito, quería dejar aquel maldito huésped de mis bronquios y de mi pulmón en lo alto de la cordillera Bética . A las diez de la mañana de un espléndido día de septiembre nos apeamos junto al León de piedra; con los caballos del diestro, nos internamos en el frondoso pinar que desciende hasta el Espinar; así que hallé un manantial cristalino y corriente mandé hacer alto; se encendió la cocinilla de campaña; se llenó de aquella agua pura y limpia, previamente endulzada con miel, y, mientras se templaba el medicamento, me hice un lecho de monte. Envuelta en los abrigos, en los impermeables, en las mantas de los caballos, me tendí con la cara y la respiración hacia el viento reinante, que era un Norte vivo, saturado con el aliento de los ventisqueros de Siete Picos. Después empecé a beber, poco a poco, hasta apurar cuartillos, de aquella agua tibia y endulzada; mientras tanto el cuerpo estaba abrigado y en reposo, el corazón, a una altura barométrica de más de 1 527 metros, activaba la circulación de la sangre arrastrando deprisa las escorias de la fiebre.

A las siete de la tarde, con el pulso normal, sin fatiga, sin dolores, aspirando e inspirando como émbolo bien regido, ágil, alegre, fuerte y sana, montaba a caballo para pernoctar en El Espinar y beberme tres cuartillos de leche de cabras vista ordeñar…

¡Desafío a todos los sanatorios modernos a que puedan ofrecer un aposento y unos medios de curación más seguros para librarse de un catarro pulmonal incipiente!

He aquí los tres estadios en que se desarrolla toda enfermedad: el crónico, el agudo, el iniciado. He aquí las dos grandes corrientes que encauzaron todo el dolor humano: la diatésica y la infecciosa…

¡Llevemos nuestros enfermos a los campos! que beban el aire, la luz, el agua, puros y limpios; que los miasmas de la corrupción, que se esconden en sus entrañas, en su piel, en sus ropas, se aventen con las brisas de las montañas, impregnadas del aroma de los pinares, de la salvia y el tomillo, o con los vendavales  del Océano, henchidos de la sal y del yodo de las olas; que la luz, cayendo directa desde el sol sobre los espasmodizados músculos, vaya deshaciendo las contracciones del dolor al quemar los gérmenes que enroñan la sangre y los nervios; que el agua cristalina, casi destilada al filtrarse por entre las cumbres rocosas, llena de azoe que las presiones enorme producen, arranque de las dañadas vísceras las granulaciones, o las escaras que lo impuro y lo fétido engendran.

¡Llevemos nuestros enfermos a los campos; aunque no sea más que para liberarles de esos sitios de sombra, de polvo, de telas, de muebles, de chirimbolos que forman las viviendas ciudadanas!

Y si el dedo de la muerte trazó la inapelable sentencia, si el organismo, entregado ya a la hueste de los microbios destructores, carece de fuerzas para librarse de sus enemigos, nuestros enfermos, al morir en los campos, tendrán la suprema ilusión de la vida que por todas partes les rodea, infinita y eterna, en vez de sentirse oprimidos por el espectro de la muerte, que, por todos lados, en la vivienda ciudadana les ofrece la imagen de los perecedero, de lo efímero.

 

El Cantábrico, Santander, 2-6-1902

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

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