Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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III. La ciudad

Henos al llegar aquí en el pórtico de vuestra vida útil, de vuestra vida sana, consciente, racional, completamente necesaria, además, para la regeneración de la patria. Todos los instintos que en nosotros tienden al aniquilamiento, a la pasividad, luchan a favor de la existencia ciudadana, cuyas vertiginosas actividades son, casi siempre, patológicas y podrían denominarse excitaciones o convulsiones de la debilidad; no es posible negar que en el hervidero de la vida ciudadana se creen los genios, los inventores, las grandes inteligencias guiadoras de las muchedumbres hacia todos los adelantos materiales del progreso; pero hay dos resultantes contraproducentes a este beneficio: una es que para cada individualidad en estado íntegro de razón, que surge del conjunto ciudadano, existen miles en la degradación más irredimible, abarcando la escala desde el idiota tipo, hasta el candidato a la imbecilidad; otra es que nunca desde las ciudades vinieron al palenque humano grandes depuraciones de la moral. Sí; las almas de misión verdaderamente redentora se nutren fuera de los hogares ciudadanos; no es posible que esas estufas de la vida creen los grandes vigores de la pureza, del valor, del altruismo: la ciudad pueda dar, y da seres maravillosamente deslumbradores en el detalle superficial, como la estufa crea al hibridismo más seductor, el más adorable en minucias, pero también el más débil, el más inadecuado.

Así sucede que para sostener la vida ciudadana apenas basta la enorme corriente de emigración que marcha desde la periferia al centro; toda esa catarata de vidas rurales que afluye a la ciudad se consume y agota sin producir apenas un mejoramiento en el nivel de las virtudes. ¡Todo es poco para sostener la hoguera devorante de los vicios, del raquitismo, de la anemia! En vano los campos arrojan en montón a la vorágine seres nacidos en sus hogares; el monstruo todo lo consume; la ciudad sigue enloquecida salpicando el cieno sobre las conciencias austeras; triturando todas las purezas, todas las robusteces; siguiendo  su trabajo necrótico, cuyas escorias, arrojadas a todos los vientos, esterilizan a largas distancias los más generosos esfuerzos de redención…! De todo este conjunto de males repito que sale algo bueno, pero ¿puede asegurarse que no surgiría lo infinitamente mejor fuera de la ciudad si en los campos existieran los hogares de familias inteligentes…?

Al llegar aquí sale al paso el concepto de la sociedad, al parecer reñido con la vida aislada en medio de los campos. El hombre es social, perfectamente sabemos lo que significa la palabra; desde el hombre prehistórico que se asoció a su semejante para arrastrar a la caverna el oso muerto con la flecha de sílex, hasta el gomoso de nuestros días que se asocia en los clubes aristocráticos; la asociación, o sociedad significa siempre ayuda mutua entre los hombres, unión de los hombres para mejor vencer en la lucha por la existencia; cuantas acepciones distintas se den a esta palabra son reforzadoras del concepto, ocultadoras de su exclusiva significación… ¡Ah! Cuando se tiene muy presente este único concepto de la sociedad y se observan todas las evoluciones de la vida ciudadana, no le es posible al alma sincera contener un impulso demoledor hacia ese complicado engranaje de costumbres, que, de tal modo, empuja al hombre hacia los tiempos legendarios en que nuestra especie luchaba a zarpazos y mordiscos en las soledades de las selvas terciarias. Ni aun recurriendo a la sociabilidad de la naturaleza humana se atenúa el error y las consecuencias de la vida ciudadana; si en ella hallase el individuo y la familia reciprocidad de afectos y de fuerzas, acaso podrá disculpársela como un mal beneficioso, si tal sofisma cupiese en cabeza sana, pero ni de este modo se salva del sistema de la razón ese conjunto antisocial de la ciudad.

Sí; es preciso decirlo con valentía; es preciso no achicar la idea ni el juicio ante la opinión de las mayorías, siempre sugestionadas por apariencias; es preciso desentrañar el error donde quiera que se halle, sin respeto a los convencionalismos; la ciudad es antisocial; los individuos y las familias unidos superficialmente están, en realidad, separados por abismos que el odio, la envidia y la vanidad se encargan de llenar… ¡Ah! existe una unión íntima en toda ciudad: la de los hogares, la de las costumbres, la de las infecciones; ¡precisamente la única que más funestos resultados ocasiona! Fuera de ese amontonamiento asqueroso de cuerpos y vicios, en que se apostan y repudren los ciudadanos, no hay otra unión, no hay otra sociedad: la característica de la lucha por la existencia en los centros populosos es la impiedad feroz del tigre, la astucia calmosa de la serpiente…!

No temamos, mujeres hermanas mías, mirad de frente estas realidades; ahondemos en ellas, saquemos las consecuencias para llevar la vida por el camino de la felicidad; además, la Montaña, esta tierra hermosísima donde la Naturaleza asalta las ciudades, aun a pesar de los ciudadanos, es en donde se encuentra el tipo más atenuado de la ciudad, pues si la capital tiene su centro, similar a los de las grandes ciudades, el prado, el maizal, el bosque y el mar la acosan y festonean de tal modo que, en su propio corazón, siente cruzar las ráfagas fecundas de las brisas marinas o selváticas…

He aquí por qué me dirijo especialmente a vosotras las montañesas; si de todo esto hablase con una paisana mía, con una madrileña, mi lenguaje acaso le pareciera caldo de la luna, pues en aquella desolada estepa donde se levanta la capital de Castilla, la mujer es rarísimo que conciba ningún género  de existencia más que aquel rutinario, infecto y vanidoso propio de las grandes urbes; aquí es distinto; podréis asombraros de lo que estáis leyendo, pero ni una de vosotras, me atrevo a afirmarlo, ni aún la más engolfada en la vida ciudadana, dejará, ante mi palabra, de evocar en su pensamiento el dulce recuerdo de la apacible aldea, donde el alma, por los sentidos asomada, libre de las solicitudes de la vanidad y la presunción, se siente unida al Universo al mirar los distintos horizontes del cielo, de los campos y del océano.

 

 

El Cantábrico, Santander, 10-3-1902

 


Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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