Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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II. El campo

 

Cuando, merced al inmenso progreso material, pueden todos los seres, aun viviendo en plena naturaleza, adquirir todo género de conocimientos, por medio del periódico, del libro, de la revista o del instrumento, creo, en buena lógica que es un deber, sobre todo para los que nacieron en hogar campesino, traer a él todos los esplendores de la civilización, para trasformarle en un centro asimilador y al mismo tiempo irradiador de toda ilustración y cultura.

No es posible, sin padecer un error de concepción respecto a los fines de la vida, afirmar que la educación de las hijas no puede darse en las soledades del campo o de la aldea campestre, pues partiendo, desde luego, del principio de que a los hijos se les enseñó a leer y escribir, desde esta base de instrucción puede empezar un plan educativo y aun de estudios superiores para cultivar tierras o cuidar frutos y ganados, aun admitiendo un viaje anual a cualquier centro agrícola: esto en cuanto a los jóvenes hombres; en cuanto a las jóvenes mujeres, me parece entender que su colocación significa su casamiento, y no puedo menos de preguntar ¿El destino de la vida de la mujer, no es más que el casamiento? ¿Es alma antes de hembra, o es antes y después y únicamente hembra? Resuelvan el problema los sabios o los egoístas; a mi juicio está resuelto: el casamiento no es un fin, es un medio para cumplir el destino de la mujer que, como el del hombre es conocer la mayor suma de verdad, trabajando en la medida de sus fuerzas para el engrandecimiento de la especie, no sólo en cantidad, sino en calidad, el fin de la vida es, pues, lo mismo para el uno que para la otra: realizar la justicia; no veo por todo esto la necesidad imprescindible del casamiento y mucho menos que sea un imperativo categórico para abandonar la vida en los campos por la vida en la ciudad. Y, por otra parte, si los jóvenes varones no dejasen los campos, las jóvenes mujeres encontrarían la colocación entre sus convecinos de predios. Mas para que eso suceda es menester que el muchacho campesino que prefirió seguir trabajando en su heredad a correr detrás de efímeros triunfos universitarios, se encuentre con que al elegir compañera de su vida no lleva al nuevo  hogar un facsímil  ridículo de la inútil señorita ciudadana, sino una compañera resuelta y apta para cargar en sus hombros la mitad del trabajo del hogar labrador. Henos aquí con la necesidad de la joven mujer agrícola; henos aquí, amigas mías, las que de buena fe seguís mis palabras, con la necesidad de llevar vuestras almas al divino amor de la Naturaleza, seguras de que, si late nuestro corazón al unísono de sus leyes y de sus bellezas, habremos realizado el milagro de encontrar el perdido terrestre paraíso.

¡Ah! ¡Yo quisiera llevaros de la mano a todas vosotras, en las dulces horas del amanecer, al rincón más solitario del valle o de las montañas; quisiera que volvieseis el rostro a la franja de grano y oro que la aurora levanta en oriente, y cuando las ráfagas de su luz comienzan a tejer cendales de nácar sobre las fulgurantes estrellas señalaros, en torno vuestro, el despertar del mundo para que, vuestro pensamiento, volando desde la flor al lucero, desde la cascada a la nube, desde el insecto al sol, abarcase en síntesis sublime, la grandeza de la creación que rodea nuestras vidas, de tal modo sumergidas en el Océano del Universo, de tal modo sujetas y ceñidas a todos sus códigos, a todos sus fines, que podemos considerarlas unidas en vibración armónica, lo mismo a la gota de rocío que tiembla en facetas diamantinas sobre la frágil hierbecilla del prado, que al rojo planeta Marte que pasea sus campos purpúreos por el espacio inmenso… Y cuando sintierais en vuestras almas la estética emoción de la aurora, cuando, sin palabras ni ademanes, la oración religiosa brotase de vuestro pensamiento con el deseo infinito de poner acorde vuestra voluntad con la del Todo omnipotente, quisiera deciros dulcemente, sin más frases que las precisas para que vuestros cerebros razonasen:

«Ved ahí la vida ¿por qué no queréis ser sus sacerdotisas? ¿por qué todos esos deseos de amor y de belleza que palpitan en vuestras femeninas almas, no toman resueltamente la senda de los campos? ¿Dónde brillarían mejor los encantos de vuestra hermosura que acariciados por ese fulgurante sol a cuyo primer beso estalla la armonía en las selvas y el iris en los cielos? ¿De qué modo más selecto podrá vuestra naturaleza, creada para toda clase de maternidades, nutrirse de vigores fecundos que saturando vuestro pecho con el aire de los bosques, de las montañas o de los valles?»

Todas las hermosuras de vuestras formas ¿cómo podrán acentuarse en la redondez y la firmeza mejor que conservando ágiles y robustos vuestros miembros con las faenas campestres?

Y si nos desviamos de lo físico y en lo psíquico entramos ¿dónde podrían nutrirse vuestros espíritus de más delicada ternura que en medio de los campos, en contacto inmediato con todos esos pequeños hijos de la creación, flores, insectos, aves, que parecen implorar, con graciosa humildad, la próvida mano que los cuide y los ame? ¿Por qué no habéis de ser vosotras esa providencia? ¿Pensáis, acaso, que en todas esas menudas vidas que pueblan la tierra no hay tesoros de afectos delicados capaces alisar nuestros sentimientos? ¿Creéis, por ventura, que todas esas almitas que laten en el mundo de los pequeños no llevan en sus pliegues un átomo divino de la infinita bondad que anima el mundo? ¿Por qué interrumpir con vuestro desvío o vuestra indiferencia esa cadena de vibraciones de amor que enlaza los planetas y las mariposas? ¿Por qué no volverse cariñosamente hacia la madre tierra, y al verla vertiendo a raudales por sus mares y continentes el torrente de las vidas, rendir, en holocausto a su fecundidad y a su belleza, todas las banalidades pueriles que, cual roña del alma, pueblan vuestra existencia de la inquietud y del dolor? ¿Imagináis, acaso, que vuestros destinos se escapan a los mandatos de esa Naturaleza que envía a los cielos el perfume de la violeta, que esmalta el ambiente con los tornasoles de la libélula, que puebla el espacio con los arpegios de la alondra? ¡Qué menguadas serían vuestras inteligencias si creyeran, en alas de la superstición llevadas, que vuestro ser había sido coronado de inviolabilidades ante los preceptos que rigen la ley de la vida terrena! Y si todos nosotros vivimos y morimos en el gran océano de la naturaleza planetaria, sin sernos dado un átomo de voluntad para respirar fuera de sus ondas infinitas ¿no se os alcanza que al rebelaros, infantilmente, contra la acerada espirar que nos arrolla a la eternidad, sólo conseguiremos, como resultado a nuestra rebelión, el agudo dolor del que forzosamente ejecuta lo que sus miembros se resistieron a realizar…?

Pues si en todos los órdenes de la vida vemos para nosotras el perfeccionamiento poniéndonos sumisas y amantes, en contacto inmediato con la Naturaleza ¿por qué no entregarnos, sin restricciones, a su adoración? ¿por qué no sumergirnos con la voluntad llena de fe, en la comunión de la vida inmortal?; la única para la cual se concibe ilustrar la inteligencia, cultivar el corazón, educar la voluntad; la única existencia hacia la cual deben converger las ciencias y las artes, pues ella es la que ofrece al porvenir humano la anchurosa calzada del progreso completamente libre de las brutalidades y de los vicios, la única que podrá llevar las almas de nuestros descendientes al mundo de la ansiada paz, que será la morada donde los hombres consagren todas las civilizaciones con la diadema de la fraternidad!

 

El Cantábrico, Santander, 4-3-1902

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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