imagen de la cabecera

 

CONVERSACIONES  FEMENINAS

XII. Buenos y sabios

 

Desde la cumbre, donde irradia el astro de la ciencia, han de bajar regueros cristalinos que fecunden los valles terrenos. No es posible, por más tiempo, que allá arriba reine la luz y la próvida cosecha, y la base de la montaña permanezca en umbría dañosa o en sequedad estéril; y para que desde arriba, donde la sabiduría luce y esparce semillas de progreso y de perfección, bajen corrientes otorgadoras de estos bienes es preciso que a la cumbre suban almas vestidas de pureza, impregnadas con los destellos que divinizan la misión humana, porque si en la cúspide triunfan solo los enroñados por el moho del egoísmo o la carcoma de la vanidad, en vez de arrojar fulguraciones salvadoras a las hondonadas donde la masa humana sufre y lucha bajarán desde arriba nieblas pestilentes que entenebrecerán y harán más cruel la pelea.

De aquí que al desterrar la pseudo-sabiduría de nuestra sociedad debemos apresurarnos a poblar el templo de la ciencia de seres que atesoren un inagotable caudal de bondades… ¿y es posible imaginar que no las tenga el sabio? ¿habrá en el concepto que de la sabiduría se tiene un error de juicio, o será posible que, por misterioso desdoblamiento de la personalidad humana, sean los buenos necios y los sabios perversos…?

¡Ah! el problema psíquico es arduo para resolverlo en unas cuantas frases, y éstas en el lenguaje llano de una conversación femenina! Mas, dejando a un lado la posibilidad de lo que, en sana razón, parece absurdo, que es suponer a la sabiduría (la suma del conocimiento por medio de la ilustración y del juicio) capaz de todas las pasiones de la ignorancia; dejando aparte el problema, pues no se trata aquí de la resolución de ninguno, como la realidad social nos ofrece este contraste desconsolador y funesto del sabio perverso y del bueno imbécil, lo más urgente es acotar los campos de la ciencia de modo que en ellos sólo puedan entrar los buenos; y esto es hacedero desde el hogar por iniciación femenina y labrando para conseguirlo la personalidad del niño, la del joven, la del hombre, hasta asentar sobre la piedra angular de la bondad el fuste del saber, de manera que no sea posible desligar de la entidad humana ninguna de las dos cualidades de perfectibilidad racional; y hay más que hacer: es necesario que antes que seres sabios conformen las mujeres seres buenos… ¡palabra tan significadora de insuficiencia en nuestro lenguaje social que es de temer al pronunciarla una sonrisa de menosprecio…! ¡mas la verdad hay que exponerla a la luz aunque se esconda en los rincones!

En el orden del valor humano los buenos deben pasar delante de los sabios, porque si bien es posible que la bondad, con todas sus atribuciones, exista sin la sabiduría, es absolutamente imposible que la sabiduría, si ha de cumplir su misión de impulsadota de la Humanidad, exista sin la bondad; pues la bondad… (que es una ampliación de todos nuestros pensamientos y voliciones generosas, que se extiende fuera de nosotros mismos para beneficio de nuestros semejantes) si la bondad puede actuar con los elementos de una inteligencia corta y de una ilustración escasa, la sabiduría no puede realizar su destino sin valerse de la generosidad y de la condescendencia más intensas y por esto repito que, en el orden de las capacidades, el ser capaz de bondad debe estar siempre más considerado que el ser capaz de sabiduría; y  ¡he aquí la responsabilidad tremenda de las madres humanas que se olvidan de que la vida, al ofrecerlas en la criatura infantil un bosquejo del hombre, espera de ellas la consagración de su destino progresivo, que es alcanzar el supremo grado de bondad, sinónimo, en concepto absoluto, de la suprema sabiduría!

Sin embargo, la mujer, con raras excepciones, ansía, sobre todo, hacer de los hijos entidades sabias; que el hijo brille por la sabiduría; (¡quien sabe si en esto se esconde el refinado egoísmo de suponer que el hijo por serlo suyo no puede menos de ser bueno!) que el hijo adquiera socialmente categoría de sabio, las más de las veces sin pararse a elegir en estas categorías la del oro o la del cobre, casi siempre le son iguales si brillan… ¿Será posible que se den cuenta de tal error a que les conduce el amor materno?

El hombre y la mujer buenos: he ahí el ideal de toda la filosofía humana; el ideal de todo régimen social, de todo propósito científico, de toda voluntad racional, del esfuerzo entero de la Humanidad pasada y presente. La criatura humana buena en gradación ascendente, desde el equilibrio perfecto en la organización física hasta la suprema actividad moral de la conciencia.

¡Cuán fácil y hacedero sería el estado social hoy tenido por utópico, si cada individuo estuviese regido por las leyes de la sanidad física y psíquica! ¡Qué pronto, faltas de base, se disiparían en un nirvana absoluto, leyes códigos, autoridades, privilegios, tiranías, dominios, injusticias y dolores si se llegase a formar una inmensa mayoría de individualidades, cuya bondad, trascendiendo a toda relación social, familiar y humana, hiciese de la salud, de la verdad, de la razón los únicos nortes de la existencia! ¡Cuán pronto la Humanidad llegaría a esa meta de paz y de ventura, que hoy apenas se vislumbra a través de las luchas feroces que emprende las pasiones sombrías!

Guiemos a la niñez y a la juventud por el camino de la bondad. Cuando en sus almas hayan germinado todas las condescendencias y las generosidades; cuando hayan comprendido toda la grandeza de la creación, midiendo el modesto lugar de toda sabiduría que busca sinceramente la verdad; cuando sepan aquilatar los conocimientos humanos en su valor relativo, puesto que toda la ciencia acumulada de los hombres apenas ha logrado desdoblar una página del gran libro del Universo; cuando, modestos y tranquilos, ansíen saber para otorgar a sus semejantes un beneficio, una virtud, una verdad, dejémosles expedito el camino de la ciencia, seguras de que por muy altos que asciendan las individualidades sabias, no serán perdidas para el progreso de la civilización de la especie, pues ellas condensarán los principios que constituyen el perfeccionamiento humano, que son la bondad y la sabiduría.

 

 

 

 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora