Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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VI. Los aldeanos

 

Poseía yo una finca campestre en Pinto, pueblecito de los alrededores de Madrid, famoso entre los cortesanos por la brutalidad de sus habitantes.

Había construido mi casa en una de las esquinas de la posesión, cercada de altas tapias, de modo que una fachada de ventanas (mi escritorio, alcoba y gabinete) daba a un camino vecinal; así que se concluyó la casa empezaron a romper a pedradas los cristales de la fachada exterior; y pasó un año rompiéndose cristales y poniéndose cristales.

Tenía entonces de fidelísima servidumbre, pues mi fortuna me permitía pagarlos espléndidamente, a un matrimonio y una hija (por cierto que como buenos manchegos, así que me quedé arruinada se apresuraron a marcharse de mi casa, la hija de ama de cura, los padres a comerse 20 o 30 000 reales que habían ahorrado en siete años que me sirvieron) En aquella época eran aún fieles servidores, y la hostilidad de los pinteños hacia los cristales de mi casa los tenía fuera de tino, hasta el punto de que, en más de una ocasión, hube de contenerlos para que no hicieran una barbaridad. Yo ínterin pensaba cómo arreglaría el asunto. Me enteré de que el Ayuntamiento tenía solicitado de la Dirección de Agricultura y con gran empeño, una feria de ganados con premios, etc.; cosa que, por más que hacían, no podían conseguir; me puse en campaña; eché mano de amistades, de influencias, de trabajo intelectual, de todo cuanto estuvo a mi alcance, y con la ayuda de mi inolvidable padre, providencia bendita de mi vida, la feria y los premios por valor de 3 000 pesetas les fue otorgada. La concesión la envié por mi conducto al Ayuntamiento y al día siguiente de mandarla llamé al alcalde y enseñándole mi fiel compañera, una escopeta belga de caza, le dije:

- Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde le deje recuerdo para toda su vida. Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.

Enseguida monté una guardia permanente entre mis criados y yo en la ventana del desván que dominaba el campo; de día se respetaron ya los cristales, pero una noche estando estudiando casi una piedra ¡zas! una piedra se mete hasta la mesa escritorio; no se que fue antes, si el ruido del cristal roto o el ruido de dos tiros que mi criado Gabriel disparó al apedreador; cargada la escopeta con mostacilla, toda la carga la aprovechó el mozo; pero como quiera que el vecindario estaba ya en autos de lo sucedido, y aquel salvaje suelto se iba a encontrar solo ante la indignación de sus congéneres, se tragó el tiro, se curó en su casa y en silencio los rasguñotes de la mostacilla y mis cristales permanecieron incólumes durante nueve años que habité en mi finca, en la que debo decir, no consentí que entrase de visiteo en ese tiempo ningún pinteño, ni de los altos ni de los bajos, porque hay que tener muy presente que todas las menudas rencillas, chismes, cuentos y enredos que corrompen las costumbres aldeanas y que son la única ocupación intelectual de las gentes campesinas, es de precisión que no traspasen los umbrales de nuestro hogar; en primer término, porque el entendimiento y los sentidos se rebajan si se ponen en contacto con todo ese fárrago de miseriucas (así creo que se dice en la Montaña) y en segundo lugar, porque dada la envidia y el rencor de que todas las almas chicas se nutren, si dejamos que sus manejos penetren entre nosotros no haremos otra cosa útil en la vida que defendernos de semejante nube de venenosos cínifes…

El aldeano como el niño, como los animalillos, como todos los seres inferiores de la naturaleza, tiene un instinto de justicia que jamás se equivoca y siempre, siempre, aquilata y pesa las acciones humanas de tal modo que poquísimas veces se engaña en apreciar la verdad; a través de la broza de sus costumbres, que de tal modo ensucian su alma y su cuerpo, el aldeano es el hombre de la naturaleza pura, al cual la llamada sociedad, al echarle encima todas sus miserias y todos sus trabajos, no ha podido aún mancharlo con crapulosidades doradas, ni crímenes cultos. Busquemos en los aldeanos el fondo de la vida, el hombre de instintos no de pasiones, de inteligencia sensible, no de sentimentalismo intelectual, y si vamos hacia él con la piedad en el alma, con la voluntad dispuesta a redimirlo, con la inteligencia decidida a ilustrarlo, el aldeano comprenderá perfectamente la intención que nos guía, y abandonándole un poco nuestra mano, como hice yo con la aguililla, para que sacie en ella el justo rencor de su servidumbre y de su pequeñez, al fin su alma sentirá hacia nosotros una ráfaga de gratitud y respeto.

He aquí el principio de la redención de los campos: la implantación en ellos de hogares cultos, no separados por abismos de desprecios de los hogares ignorantes, sino unidos a ellos en todo lo que tengan de bueno para extender hasta los últimos rincones los destellos luminosos de la austeridad y de la sabiduría. ¿Y cómo queremos que la familia agrícola virtuosa e inteligente forme núcleos de humanismo y civilización en medio de los campos si la inmensa mayoría de las mujeres cultas huyen de ellos con empeño tenaz y las pocas que forzosamente viven en su regazo las transforman en sucursales de la ciudad, levantando una muralla china entre su existencia y la vida campesina? ¡Cuántas veces en los famosos talleres de modistas cortesanas he visto empaquetar cajas conteniendo suntuosos vestidos, sombreros emplumados, prendidos de encaje, calzado de altos tacones, adornos brillantes y costosos destinados a cubrir cuerpos de señoras de pueblos perdidos en la soledad de los campos, y ¡cuántas veces he visto por callejas enfangadas a la señorita del cacique (del que en realidad debiera civilizar al poblado rural) con larga cola llena de faralaes recogida sobre primorosa enagua de encaje con mano enguantada en cabritillo…

No; no es esta la existencia campestre capaz de redimir y engrandecer la patria.

 

El Cantábrico, Santander, 31-3-1902

 

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Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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