Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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V. La aldea

 

Volvamos la mirada a los campos. Después de haber llegado a los confines de la futura vida, después de haber nutrido nuestra fe con la esperanza en la felicidad y en la paz humanas, que por medio de la razón y del trabajo han de reinar sobre la tierra, veámonos en la senda del presente, obligados a enlazar con nuestra inteligencia y nuestra voluntad el sombrío ayer con el luminoso mañana; sintamos sobre nuestros débiles hombros toda la parte de Humanidad que en ellos puso el destino y no nos imaginemos por vanidad sexual desligados de ningún deber respecto al engrandecimiento de la especie.

¡Ah! si con atención me habéis seguido, al llegar aquí muchas veréis achicado hasta lo inverosímil el empleo de las horas de nuestro existir, y muchas, llevadas de sincera reflexión, os preguntaréis de qué manera podríais haceros dinas de una vida consciente…

Contemplemos la patria, y, recogiendo el pensamiento hacia las primeras frases que os dirigí, veamos de qué modo la mujer española podría, con su inteligencia y su voluntad, detener esta caída de nuestra nacionalidad, que se sume cada vez más en los abismos de la muerte y si la Humanidad y la razón imponen a la mujer el deber de fijar sus aspiraciones en la vida del campo, esta patria española, cuya masa general de habitantes, roída de anemia, agotada de raquitismo, no vive sino pasando sistemáticamente, como degenerada convulsionaria, desde la efervescencia sangrienta al quietismo idiota; esta pobre patria, en cuyo corazón, que le forma una escasísima minoría de pensadores y altruistas, aún late una chispa de energía y virtud, impone el deber a toda mujer de mediano criterio, de realizar, en la medida de sus fuerzas, la parte asequible para su salvación.

Liberemos a la patria del absentismo; poblemos nuestros campos de hogares cultos, inteligentes, pero no con el similar de la inteligencia superficial sin las  austeras realidades de la sabiduría. Hagamos una selección exquisita de todo aquello que el progreso ha entregado al hombre para su felicidad y llevemos al campo lo que pueda darnos energía, sanidad, virtud, conciencia, dejando en la ciudad las preseas falsas de la civilización, que nuestras moradas rurales vayan a buscar las proximidades de la aldea para atraer suavemente al rudo y suspicaz campesino, de modo que se acerque a nosotros no por nuestras joyas y adornos campestres (¡desgraciadamente también hay decálogo de elegancia para la vida del campo!) sino por lo apacible, laborioso y modesto de nuestras costumbres.

Muchas de vosotras argüiréis, al llegar aquí, la casi imposibilidad de civilizar a los aldeanos. Es preciso que hablemos algo de esto; los tengo muy estudiados y creo que muy conocidos.

Manchego o vascongado, gallego o andaluz, aragonés o extremeño el tipo es uno; sus defectos los mismos; las mismas sus virtudes, sus rasgos fisonómicos casi idénticos, pues todo ser inteligente tiende a ofrecer, como el animal de una misma especie, rasgos completamente similares. Todos son educables hasta cierto límite, cuando una inteligencia y una voluntad se propone educarlos sin utilizarlos. Conjunto de malicia y de ignorancia, en largos siglos de servidumbre adquiridas, el aldeano tiene una suprema virtud: la de la paciencia, y ¿qué no se puede hacer de un ser paciente? Lo que hay es que nuestras aldeas rurales son ciudades en pequeño; en ellas no se intenta hacer una sola clase, la clase humana con gradaciones en inteligencia y en virtud, sino que se hacen varias clases graduadas por el capital y la influencia caciquil, y en el último escalón se coloca al aldeano. ¿Qué ha de suceder? Lo que sucede. El que siembra odios recoge venganzas, el que extiende desprecios recibe brutalidades, el que se rodea de vanidades hace lecho a la envidia.

Acerquémonos al hombre de los campos, al aldeano, no para ajarlo, esquilmarlo o embrutecerlo (aún tenemos, en último caso, que aprender de ellos, como de heroicos trabajadores de la patria). Hay que curarlos de su malicia respondiendo a sus mentiras, que son casi su único lenguaje, con la verdad; afeando su ignorancia con la sabiduría; limpiando de envidias su corazón al enseñarles nuestras manos encallecidas, nuestra existencia sobria y sencilla; hay que ser más pacientes que ellos y con la sonrisa de la piedad y del perdón consentirles clavar sus dientecillos de canes chicos en nuestras maneras de pensar, de sentir y de vivir, dejándoles a su placer los campos de la calumnia, de la sátira y de la ratería, seguro el pensamiento de que sus mordeduras y sus merodeos son insignificantes arañazos de zarza que habitúan la piel a las rudezas de la intemperie…

No puedo menos de contaros a este propósito un hecho que podrá demostraros lo irrebatible de la argumentación anterior.

En una de mis expediciones a Sierra Morena hube de coger vivo un pequeño alcotán o aguililla, que, además, era casi un guácharo, y me propuse criarla y amansarla –¡tarea difícil– Sobre una percha y atada a una cadenilla la puse en mi habitación, y todos los días la daba por mi mano la pitanza; al principio no quería tomarla; el hambre la rindió y empezó a comer, pero deba un picotazo a la carne de su ración, otro picotazo a la mano que se la daba, y si podía robaba la carne y picaba la mano: como era tierno su pico apenas si rasgaba la piel superficialmente. Resolví curarla de su menuda fiereza, de su ruin rapacidad, y cuantas veces me picaba le abandonaba a su placer mi mano, sin cesar de darle tajadas y de hablarla y acariciarla dulcemente; al principio se hacía la sorda y seguía picando y hurtando; pero poco a poco, en vista de que aquella mano ni la castigaba ni huía de su saña, ni le mermaba su ración, o convencida de que su pico no dañaba, o asombrada de que su ira producía templanza, o segura de que le sobraba alimento, ello es que no sólo dejó de picarme, sino que me recibía con un cocleo especial de alegría siempre que con tajada o sin tajada me acercaba a su percha.

He aquí el modo de que todas las maldades usuales en las costumbres de la aldea resultan completamente estériles en torno a nuestro hogar. Ahora bien, hay casos excepcionales en los cuales se hace preciso otro sistema, pues aunque rarísimamente, suele darse en la taimada personalidad del campesino el verdadero malvado; para estos casos es preciso que en nuestro hogar subsista sobre la caridad la justicia, porque los seres de inteligencia escasa, o de inteligencia pervertida, toman siempre la caridad por debilidad, y no es posible que el aldeano se acerque a nuestro hogar para educarse y aprender si conceptúa un hogar débil. ¡Eterna ley de la lucha por la vida que entroniza siempre la fuerza! Mas es preciso que nuestra fuerza sea la de la inteligencia, la del altruismo, la de la energía… A este propósito os contaré también una anécdota.

 

El Cantábrico, Santander, 24-3-1902

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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