imagen de la cabecera


 

 

El continente latino

 

 

   Sobre Europa se extiende el frío de la senectud. En el horizonte de todos sus estados fluctúa el crepúsculo de la muerte. Sus naciones agotaron el tesoro de las virilidades. Desde lo más hondo de sus entrañas surge el cansancio: sus tierras se esterilizan, diríase que solicitan la inmersión en el océano, pretendiendo ser las primeras en marcar al planeta su nuevo periodo geológico; cuanto producen es raquítico, enfermo; el parasitismo roe del árbol y la planta lo que la tierra, a costa de un esfuerzo, produjo sano. Su inmenso clamor de desesperación se levanta desde los esquilmados campos europeos: ni sus cosechas, ni sus ganados bastan para el sostenimiento de sus habitantes. La raíz del existir humano, que es la agricultura, se pudre agangrenada bajo una atmósfera perturbada por periodos ciclónicos que hacen ásperas sus zonas, extenuando su suelo. Sus ríos menguan, sus bosques desaparecen. El tono medio impulsa a sus muchedumbres, acorralando a los poquísimos caracteres que aún miran alto, y una agonía febril las impulsa al delirio, bajo cuyo influjo unas veces arrojan destellos de vivísima inteligencia y otras se enfangan en brutalidades inconcebibles. Su sociedad entera, vibrante al impulso de la cansada Naturaleza, seca el vigor de los sentimientos con el aire asolado del escepticismo y de la concupiscencia.

Como agonizante vigoroso, Europa se defiende de la muerte centralizando su vida en las metrópolis que se desbordan de vigor generatriz. Toda la actividad consciente que aún le queda afluye a las grandes ciudades, y el crujir de las maquinarias, el bullicio de las báquicas fiestas, el esplendor del lujo, la brillante osadía de sabios y artistas, forman un conjunto de estruendos que logra dominar el grito de los campos, el lamento de los repletos hospitales, la maldición de los proletarios, el quejido de la degenerada niñez, la blasfemia de la juventud prostituida.

En medio de esta desesperada anarquía un reducido pueblo latino ha despertado –al grito del amor patrio– las vigorosas energías de nuestra familia que iniciaron la civilización. Portugal ha sabido galvanizar a la moribunda Europa con alientos de inmortalidad para nuestra raza, la única que podrá legar las grandezas del viejo mundo a la humanidad del porvenir.

Desde el otro lado del Atlántico se espera nuestra herencia. El Amazonas corre majestuoso inundando inmensos y solitarios valles: la Naturaleza está elaborando en el país de las selvas la cuna de la futura civilización que ha de llegar a él desde nosotros que somos su oriente. Pensemos en la solidaridad que nos une con el pasado y con el porvenir. A través de toda invasión bárbara hemos conservado incólume el legado de nuestros ascendientes. Desde el Asia hasta Finisterre, la corriente más feraz de la vida ha venido encauzándose en nuestra raza. En vano los septentrionales se han precipitado, empujándonos con todas sus fuerzas para hacernos sucumbir en la lucha por la existencia. Su potencia de leones se ha estrellado contra nuestras habilidades de pájaros, sus crueldades de conquistadores han sido domadas por nuestra cultura de creyentes, y el genio latino, en medio de esta noche que va encaperuzando el porvenir europeo, ha sabido encontrar la ruta para ir a cantar todas sus grandezas en las vastas regiones que se abren al progreso, bañadas por las brisas del Pacífico y del Atlántico.

Apresurémonos a reunir nuestras dispersas legiones latinas; que en ellas resuene la última frase de esta gran epopeya humana que se llama civilización europea. Formemos el continente latino. Denos el ejemplo la más pequeña de sus naciones: Portugal. Que sepa tener energía; que sepa sobreponerse al cálculo y al interés de una vida pacífica; que domine la corriente de las alturas sociales, de donde no puede brotar más que egoísmo y ambición, y que de tal modo intenta sujetarla en un quietismo vergonzoso y enervante. Su dignidad de nación latina, hollada por nación sajona, puede servir de toque de clarín para dar comienzo a la gran obra. Su bandera de república puede cobijar el Estado Ibérico, primer paso para constituir el continente latino.

¡Quién sabe si al presentarnos ante el mundo, unidos para siempre en fraternal abrazo portugueses y españoles, la madre de nuestros días, la hermosa Italia, sentirá el bochorno de una alianza monstruosa! ¡Acaso nuestra unión consiga avivar en sus venas el calor de la dignidad y, rompiendo para siempre esa triple corona –escarnio de la razón humana– que desde el Vaticano la sujeta en el sombrío mundo del rutinarismo, se levante con mayor brío que ninguna, para bordar con las filigranas de su luz, de sus artes y de sus ciencias, la sublime historia de la confederación latina.

Estrechémonos con abrazo fraternal. Francia nos contempla ansiosa, tal vez, de colocarse en la vanguardia del continente, para trazar con línea de fuego las fronteras  de nuestro mundo, empujando a su cuna de barbarie y ferocidad a todas esas razas que no saben sostener sus vigores intelectuales si no es con la rapiña, el desgarramiento y la sangre.

América espera nuestro testamento para comenzar la nueva etapa del progreso humano. Labremos un sepulcro digno de nuestra historia y acreedor a la veneración de las futuras almas. Que todas las energías de nuestra raza, traspasando con su fulgor de virtudes, de abnegaciones y de valentías, el tiempo y el espacio, puedan contar a las generaciones venideras los últimos días de una civilización portentosa condensada, por el viril esfuerzo de portugueses y españoles, en el continente latino.

Madrid, 6 de marzo de 1890

 

 

 

Nota. En relación con este asunto,  se recomienda la lectura de los siguientes comentarios:

59. La gran nación latina

107. Del Ultimátum británico y la Unión Ibérica

 

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

Algunas notas acerca de la vida de esta ilustre librepensadora