Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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El primer cántico de amor

 

La tierra se vestía sus galas de mayo por la primera vez, desde que el enfriamiento de sus continentes permitió a los rayos de sol fecundizar las semillas y dar vitalidad a los gérmenes: de la densa atmósfera de vapor que la envolvía iba ciñéndose y replegándose en torno  de los polos, dejando penetrar los efluvios del astro de la luz sobre las extensas vegas, las agrestes montañas y los turbulentos mares.

Allá, en las laderas de una sierra, bañada por las brisas del mediodía, se desarrollaba, exuberante de espléndida frondosidad, un hermoso bosque de gigantescos árboles: en uno de ellos, sobre sus ramos a medio cubrir por las nacientes hojas, se afianzaban cuatro pajarillos, trémulos aún por las primeras caricias de la vida; sus píos quejumbrosos, unidos al concierto armónico con que se despertaba Naturaleza entre el concurso de los universos sensibles, denotaban bien claramente que fueron engendrados en la noche del caos; y sus plumas, húmedas todavía por el rocío fecundante del principio vital que impregnaba el seno del planeta, atestiguaban que se habían ceñido en torno de sus ateridos cuerpecitos, sin el cálido amor de las maternales caricias. Los cuatro se unían entre sí como asombrados de ser el origen consciente de toda república alada, y los cuatro, impacientes porque el fuego del sol templase el frío de los primeros cariños que les hizo la vida, se ahuecaban, apretados unos contra otros sobre la rama del árbol, rebuscando con sus ojillos negros y brillantes el horizonte del purpurino Oriente.

La hora sonó, y el sol, levantando majestuosos los doseles de argentadas nubes que se prendían de su trono, iluminó con raudales de purísimos destellos las cumbres de los montes y la extensión de los valles, viniendo a recibir el homenaje de la naturaleza, cogalanada con las magníficas preseas de sus primeros desposorios. El bosque, en uno de cuyos árboles esperaban la aurora los cuatros pájaros, se encendió con reflejos de gualda y oro, como si al contacto de aquellos ambicionados besos se despertaran las fuerzas vivas de la tierra, las brisas perfumadas balancearon los árboles; el crujir de hojas nacidas por invisibles hilos pobló las hondas atmosféricas, y rumores de arroyuelos y gotear de corrientes y de cascadas vinieron a formar en un arpegio de melodía dulcísimo el coro de alabanzas al triunfo de la luz; su tibio fuego disipó el entumecimiento de los pajaritos; extendieron las alas; alzaron la redonda cabeza, sacudiendo a la vez sus delicadas plumas; entreabrieron el pico con el primer pío de la felicidad y tendiendo su vuelo se irguieron sobre una arista de inmediata roca; los cuatro miraron a su alrededor; ante sus febriles ojos se extendía la tierra, vistiendo con el manto irisado del rocío las florestas, agobiadas con los macizos de silvestres flores; las vegas, con sus repliegues de prados cubiertos de verdor; los bosques, con sus frondosidades inexploradas; los ríos, retorciéndose en mil revueltas y mostrando a trechos el ancho cauce espumoso o sereno, siempre reflejando como cristal de plata la inmensidad de los cielos; las montañas, con sus desfiladeros intrincados, con sus torrentes turbulentos y sus despeñaderos de rocas sujetas por las retorcidas raíces de los arbustos, y matizadas con las tintas grises de líquenes y musgos; y en lontananza, cerrando el horizonte cual marco de valiosos zafiros, la faja azul de los mares festoneando los escollos y las playas con la nívea espuma de sus alborotadas olas… Apenas sus ojos descansaban en un punto; todo el panorama de la creación se desplegaba con la grandeza de su juvenil hermosura delante de aquellos primogénitos de la tierra, y cuando, ávidos por ver, alzaron el vuelo y trazaron el primer círculo en la extensión del espacio, un grito de triunfo se escapó de su pecho al comprender que de allá en adelante jamás, para ellos, conservaría secretos ni fronteras el espléndido mundo; con su admiración hacia la naturaleza latió en sus corazones el amor a la perennidad de la vida, y entonces se miraron por primera vez; el deseo de sostener indefinidamente su soberanía de reyes del aire, les lució en los secretos de la pasión, y, soñando con la felicidad del nido, se preguntaron cuál sería su destino. Los cuatro eran libres; al hacerse dueños del don de la vida, habían adquirido la potestad sobre sí mismos, y los cuatro quisieron deberse a sí propios la dicha de ser amados, entonces modularon a un tiempo el primer cántico del amor: Ellos hendían los aires con el agudo piar de sus gorjeos varoniles, emitidos con todo el delirio de sus ensueños de felicidad. Ellos, sacudiendo con gracioso donaire su cabecita y sus alas, piaban muy quedo el lenguaje de las ternuras femeninas. Al despertar del mundo, se unió entonces el despertar del amor interpretado por la sublime armonía de un gorjeo.

De pronto ambas parejas se miraron; en sus ojos brilló como una chispa de fuego sin llama; erizándose las plumas de su cuello, se abrieron con aletear convulsivo sus pequeñas alas; ellos enronquecieron sus trinos como si allá en sus diminutos pulmones hubiera penetrado el filo de un puñal; ellas, disimulando su soberbia se arreglaban las plumas del dorso mientras terminaban un trémulo pío: los cuatro habían sentido la primera herida del amor de sí mismos, por fin al terminar el último grito de su cántico, se lanzaron pareja contra pareja, abiertos los picos, ceñidas sus plumas por el espasmo de la ira; contraídos sus ojos por la violencia de su furor; recogidas convulsivamente las púas de sus patitas, ciegos de pena y rabia, los cuatro se empeñaron en sangrienta y encarnizada lucha; por una parte volaban restos de pluma desgajada, por otro lado gotas de sangre caliente manchaban con imborrable rastro la virgen tierra; las aceradas uñas sajaban sin piedad lo que el fuerte pico no alcanzaba a destrozar, y los píos de dolor, y los píos de soberbia se confundían con el jadeante respirar de los fatigados pechos, y el golpe seco de los vigorosos aletazos; por último, de aquella masa informe de plumas y de sangre, de aquel montón de restos palpitantes surgieron dos pájaros cansados, mohínos y espeluznados; con torpe vuelo saltaron sobre una rama; a sus plantas yacían los otros dos, muertos en la refriega. ¡De las dos parejas que vieron la primera aurora de la tierra, sólo quedaba una! El primer cántico de amor había derramado las primeras gotas de sangre sobre la superficie terrenal; al himno victorioso que levantó la vida cuando triunfaba la luz sobre el mundo, había sucedido el grito de la guerra, los ayes del dolor y el suspiro de la agonía. ¡Desde entonces, cuando el sol se levanta en Oriente, y nuestro planeta se despierta ante los besos de su amoroso calor, suben hasta los cielos confundidos en una sola nota los ecos de la vida y de la muerte!

 

El Cantábrico, Santander, 20-1- 1902

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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