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¡Bienvenido!

 

Los que han de morir

¡oh cometa! te saludan.

 

Caminas; vienes; vas; luego eres. ¿Dónde podrá hallarse el núcleo de tu personalidad? ¿Es la fuerza que une tus átomos…? ¿Y qué es la fuerza.? ¿Vibración…? ¿Atracción…? ¿Ondulación…? ¿Y qué son estas palabras…? ¿Dicen algo…?  ¿Expresan algo…? ¿Desentrañan de la entraña del Universo una sola verdad incuestionable, concreta, absoluta? Vibración, atracción, ondulación, fuerza, átomos, personalidad… Barajemos todas las ideas con semejantes palabras; interpretemos la luz del pensamiento con todos estos oscuros modos del lenguaje y soñemos que sabemos algo, capaz de entontecernos de orgullo e hincharnos de soberbia; pensemos con nuestro menudo cerebro mortal en todas las inmortalidades; miremos con nuestros pequeños ojos humanos nuestros nerviecillos liliputienses el estruendo pavoroso de las enormidades estelares… ¡quién sabe si al osar con nuestro imperfecto lenguaje, la interpretación de las ideas, damos el primer paso hacia un porvenir en que las almas serán aladas!

El cometa de Halley está ya cerca; camina; viene; se irá; su haz de luz deslumbradora corre en ruta marcada por el destino de los astros, ese misterioso destino que manda a los unos, girar en órbitas circulares u oblongas; balancearse, a los otros, en paralelas inconmensurables; y volar a los demás, en sendas sin fin a través de cielos oscuros y cielos radiantes.

El destino de los astros, ¡la más prodigiosa de las esfinges ante las investigaciones humanas empuja al cometa esperado, núcleo de fulguraciones, hacia los límites de nuestro planeta; y las sacudidas hebras de su cabellera comienzan ya a bordar en el espacio estelas de recamados diáfanos, que iluminan los sombríos abismos de nuestros horizontes visibles.

El viajero corre con vertiginoso vuelo, y todas su moléculas unidas por la fuerza, por la atracción, por la vibración, obedecen a su destino, y trazan, en el vacío del espacio, la órbita que lo lleva de planeta en planeta, como si sus torbellinos de luz, por consciente voluntad movidos, fueran el anillo que enlazara con nudo de amores al sol y a sus satélites…

Viene de allá lejos, de las últimas moradas de nuestro hogar planetario; trae en su flotante cabellera de efluvios los helados soplos de Neptuno, el más frío de los hijos de nuestro hogar, el último de nuestros hermanos [es preciso recordar que Plutón aún no había sido descubierto; lo será en 1930], el primero que asoma su mole oscura y yerta a los campos lumínicos en que centellean los soles de la Vía Láctea. Desde aquel mundo que gira en romotas lejanías, con los tibios calores de un invierno eterno, el luciente cometa ha empezado el retorno hacia el fuego central, y con el mismo caminar de centella cruzáronse sus melenas de blancas llamas con las sendas orbitarias de Júpiter, Urano, Saturno y Marte. Al pasar por los cielos de todas esas tierras, vibró por un momento al unísono de sus ritmos majestuosos y, acaso, en sus cendales reververantes, lleva prendidos los ecos de todas las armonías, las imágenes de todas las bellezas, las realidades de todas las justicias, los secretos de todas las verdades. Acaso tomó a lomo de sus olas de luz una parte del raudal de la vida que en aquellos mundos fluye, y en palpitaciones de amorosa piedad, como mariposa del infinito, nos trae en sus antenas el polen sagrado que, en el cáliz de otras humanidades, durmiera el sueño de la fecundidad robusta e inteligente… Sus alas de fulguraciones vienen, batiendo los ambientes de mundos fantásticos, a depositar, sobre este minúsculo planeta, los saludos misteriosos que a través del infinito se mandan, de astro en astro las humanidades universales; y en su atmósfera vibrátil e insutil, que ondulará en alfa y omega de fuego y de hielo sobre los meridianos terrestres, nos trae los efluvios de la vida interplanetaria, que acaso bañen en olas de amor y esperanza esta isla flotante que nos sirve de asilo en el Océano celeste.

¡Bienvenido a los campos azules de nuestro cielo! ¡Hosanna a tu llegada! ¡Hosanna a tu presencia! ¡Hosanna a tu partida! ¡Bien venido seas, semillero de radiosidades, que bulles en espiral atorbellinada y con el vertiginoso palpitar de tu estela entonas un acorde en el concierto magnífico de los soles y de los mundos! ¡Quién pudiera contigo salir de esta morada, donde una pobre humanidad balbucea los primeros acentos racionales, vislumbrando en el caos de su formación los albores de la felicidad en el seno de la paz consciente y amorosa! ¡Quién pudiera prenderse al átomo más fugaz y pequeño de los que te integran, y en tu luciente núcleo, emprender contigo la peregrinación secular de tu vida! ¡Quién pudiera llegar a tu lado a esos mundos, adultos, donde el odio no encuentra modulación ninguna, en ninguna de las especies orgánicas; donde la acción del pensar y del sentir simultánea al fin de la vida camina, al descubierto, labrando en cada ser un templo a la verdad, y un altar a la justicia; donde la lucha por la vida ha dejado de ser un pugilato sangriento, para transformarse en certamen glorioso que ofrece la victoria a la inteligencia, a la sabiduría, al amor…!

¡Quién pudiera salir de sí mismo, dejando esta pobre vestidura carnal, toda ella marchita por el soplo de los seculares dolores de la especie, de la raza y de la familia, que afinan las sensibilidades para el sufrimiento y no dan vigor a las energías para la consolación!… Este pobre cuerpo humano que se debate para vivir, con vida ruin y efímera, gigante para apurar la hiel de las penas y pigmeo para librar la hiel de las alegrías; y fuera de él, dejándole desmenuzarse en los oscuros senos de la tierra, hambrienta siempre de sus despojos, ir hacia ti, sin el peso de la carne, sin la tosquedad de los huesos, sin el enredijo enmadejado de las arterias y los nervios, ¡hecha el alma toda alma! Con el pensamiento transformado en alas, y la idea convertida en voluntad!... ¡Quién pudiera, siguiendo tu ruta, bañarse en el venero de las vidas astrales, para irse limpiando de toda brutalidad terrena, hasta sentirse digno de esas esferas de luz, donde se tiene por horizonte el infinito y por límite la eternidad!

¡Ven; ven a contarnos las horas sin fin de tu viaje maravilloso! ¡Ven a decirnos cómo hay vidas en primavera eterna; cómo el día y la noche no existen en los campos sidéreos; cómo nuestros oídos apenas perciben un solo acorde de las armonías del Universo; cómo nuestras sensaciones apenas alcanzan uno sólo de los accidentes del espacio y del tiempo; ven a señalarnos allá, en las remotas lejanías, caminos para el alma, a donde podamos llevarla con religiosidad palpitante, sin miedos ni penas, sin temores ni esperanzas; dueña de sí misma; consciente de su labor inmortal; segura de su naturaleza divina!...

Dignos secretos de esas moradas que se abran allá lejos, como etapas dispuestas en la ruta de los siglos, para que por ellas vayan en ascensión perenne, voluntades e inteligencias, amores y sabidurías, bellezas y justicias, esperanzas y verdades.

Tráenos el ambiente de aquellos soles que simultáneos giran, gemelos por la pasión fraternal enlazados, y con sus ingentes masas rojas o verdes, próximos a la postrera llamarada, o nacientes al primer destello, iluminan enjambres de planetas que pasan sus días entre cendales de rubíes y duermen sus noches bajo doseles de esmeraldas!

¡Que te siga la mente por esas regiones sembradas de polvo de astros, por donde paseo la cabellera, prendiendo en sus hebras átomos escapados de los torbellinos nebulares; llévanos a esas florestas, nidos de soles, de planetas y de satélites, que en anillos entre tejidos danzan mandando a las sendas del infinito sistemas enteros, donde los padres soles cobijan bajo su corona de llamas, tierras y lunas, cometas y asteroides…!

Háblanos de aquellos anieblados continentes de Júpiter, cuya mole soberanamente grandiosa pudiera servir de carro triunfal donde holgara en trono de nubes nuestra morada terrena. Dinos de las lunas de Urano, que voltean sus plateados discos en las noches del planeta, tejiendo guirnaldas de antorchas blancas, puestas en sus cielos como cintillos de fulgorosos diamantes. Trázanos las siluetas de los anillos de Saturno, arquitrabes que los iris tejieron en el cenit del hermoso astro, para envolverlo en todas las radiaciones del nácar, y en todos los cambiantes del topacio. Llévanos a esas riberas de Marte, tembladoras y rosadas estelas que iluminan vuestras serenas noches, y explícanos algo de aquellos campos misteriosos, donde una geometría singular parece mostrarnos entendimientos que calculan; ideas que cristalizan; voluntades que trabajan. Cuéntanos si es posible que allá arriba, en el rojo astro marciano, se sepa de nosotros lo que nosotros no sabemos: cuáles fueron los primeros seres conscientes que hubo en la tierra; quiénes poblaron por primera vez, con población racional, los campos terrenos; cuáles y cuántas especies sucumbieron, para moldearse sobre sus herencias esta pobre especie humana que, contando sus minutos por siglos, todavía no ha sabido ponerse enteramente de pie. Dinos se la edad viril de la inteligencia ha hecho en ese mundo de Marte que se aplasten para siempre las sierpes del dolor innecesario e infecundo. ¡Déjanos entrever todos los abismos de ayer, todas las extensiones del mañana!

¡Seas bienvenido; y cuando de vuelta del sol te alejes, cuando arrebolado por la vorágine de sus llamas, salgas de entre sus olas de fuego y luz, más brillantes tus átomos, más potentes tus energías, más gráciles tus formas, ven a darnos con el beso de despedida, la última visión de la existencia planetaria. Muéstranos a ese padre sol, para nosotros celestial, pues en nuestro cielo reina y de nuestro cielo es árbitro. ¡Ese padre todo vida y calor, luz y energía, en cuyos brazos de lumbre voltea la tierra, hija y esposa suya; nacida de un suspiro de su corazón; postrada siempre, como sumisa esposa, para recibir en su seno la semilla del adorado. Tráenos un leve rumor de aquellos estruendos con que trepida, al convulsionarse para resoplar de sus entrañas los torrentes de líquidas llamas, que irán esparciendo en sus planetas las palpitaciones de una vitalidad múltiple y asombrosa! ¡Danos la salutación de ese padre excelso, cuyos mandatos son obedecidos a millones de leguas por miríadas de seres, que por él caminan con destino marcado en el trajinar de los siglos, que por él alzan sus mentalidades a las cumbres de las perfecciones solidarias y de las virtudes concretas! ¡Padre y Amigo, Soberano y Amado! ¡Mentor de ensueños que endulzan las amarguras de nuestro existir terrenal! ¡Esperanza flamígera en la noche tenebrosa de las fragilidades humanas…!

¡Y llévanos después, en la ruta por la órbita de Mercurio, el abrasado hijo del sol, que gira y gira en sus oleadas de fuego, como un negro diamante de su corona, mostrando siempre su disco luciente entre los limbos de la gloriosa luz; y al despedirte de los terrícolas; al hundirte otra vez en las órbitas del rojo Marte, del anillado Saturno, de Júpiter y Urano; al trasponer con tu vuelo las postreras etapas del planetario hogar, ofrécenos el último ensueño con la imagen de Venus, el pálido lucero de nuestros ocasos y nuestros orientes; la soñada morada de nuestras ilusiones juveniles; el astro brillante y nacarado, con sus cintas de níveos reflejos ceñidas a sus polos; con sus tapices de verdura tendidos bajo las nubes rosadas y transparentes; con sus esmeraldas temblantes, imagen concisa de Océanos rumorosos engarzados entre dorados arenales y azuladas montañas!..

¡Llévale a la silenciosa estrella de la tarde y de la mañana, que fulgura en sus crecientes y menguantes con esplendores de luna, el tierno suspiro de nuestro corazón que, al empezar a latir, buscaba ya en su tembladora luz la dulce promesa de una felicidad serena, el dulce consuelo de una risueña paz…

Y al lanzarte otra vez en loca y fulgurante carrera a los espacios siderales de donde te volverán a llamar de nuevo las caricias del sol; al separarse tu cabellera de luz de las frías y oscuras noches de Neptuno; al perderte otra vez en el insondable abismo de los cielos, llévate las ansias de la mente, las ilusiones del pensamiento, las ternuras del corazón, el impulso del alma que te sigue, envidiosa de tu vuelo inmedible, a través de ese universo ídolo de amores, razón de su existencia, móvil de su voluntad…! ¡Ay! ¡Si le fuera dado irse contigo hasta anegarse en la serenidad de lo Absoluto y en la paz de lo Eterno…!

¡Bienvenido! ¡Los que ha de morir, ¡oh Cometa!, te saludan!

 

 


 

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¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios

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