Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Nuestro ateísmo

 

Cuando en este fragor de la lucha humana cualquiera se separa de los dogmas tradicionales, bien sean religiosos, políticos o sociales, la masa de las inercias recurre a toda clase de armas para inutilizar al adalid; y no hay ninguna resistencia mayor que aquella que se opone a la discusión de los dogmas religiosos; y no hay otra más encarnizada ni rabiosa que la medida contra las personalidades femeninas por haber sido en el mundo del pasado, donde se calificó de casi animal el alma de la mujer, y sabido es que al animal no se le da beligerancia en los combates de la razón.

La Revolución Francesa, punto de partida de la edad Moderna, consagró los derechos de la inteligencia femenina al verter su sangre en el cadalso y al escuchar su palabra en las convenciones, donde se afirmaron las libertades humanas, y entonces nuestro sexo asentó la planta en la escala gloriosa que habrá de llevarlo a las cimas de su personalidad, semejante a la masculina, en perfecta equidad con los fines que la naturaleza impuso a la pareja humana.

Pasando en las edades primitivas por el matriarcado, en que era la hembra cabeza de familia absolutamente dueña de la legalidad de la descendencia; pasando después por la esclavitud más innoble (regresión acaso necesaria como demostración de que no puede ser la supremacía humana exclusiva de un sexo) la mujer ha entrado, por derecho propio, en el palenque donde se debaten los grandes ideales e intereses de la especie.

Mas esto que es un hecho en toda Europa y parte de América, es, en nuestra patria, una idealidad en todas las clases sociales; salvo en las cimas del trono, donde ha quedado reconocido por ley constitucional, su capacidad para mandar, regir y gobernar con independencia del varón. Fuera de estas alturas, la mujer española no tiene personalidad pensante; y, es más, las mismas mujeres no conciben (salvo excepciones), ni aún con la palabra, ejercer el más trivial derecho a pensar, a obrar con el criterio y dictamen de su propia conciencia: de esta esclavitud de la mentalidad femenina española se deriva el poderío de la Iglesia.

Una de las más afiladas armas que usan las inercias (rutinas, ignorancias, soberbias masculinas, etc., etc.) para acorralar a las que hicieron examen de conciencia, y con arreglo a conciencia, hablan y obra, es acusarlas de ateísmo, irreligiosidad, inmoralidad. «No creen en Dios; no tienen religión; son inmorales». Esto dicen en todas formas las huestes católicas.

Dejando a un lado la definición de la moral, arduo problema que se viene debatiendo hace siglos (y aun por la misma Iglesia) ahí está la moral jesuita enfrente de la moral de los primeros cristianos, sin que hasta la fecha, se hayan puesto de acuerdo filósofos ni legisladores, por más que todos están unánimes en afirmar que la moral no tiene nada que ver con la religión, veamos qué entienden por ateísmo los enemigos de las mujeres conscientes, racionales, pensadoras.

El ateo es el que niega a Dios; perfectamente; y ¿saben ellos si niegan a Dios las que no son católicas? ¿Qué concepto tienen del Universo los católicos? ¿Serán ellos, acaso, los ateos?. A mí no me duelen prendas; su Dios no satisface ni a mi razón, ni a mis sentimientos, ni a mis costumbres, ni a mis esperanzas.

Voy a imaginar, por un momento, ser la perfecta creyente que fui allá, en mi edad infantil, cuando con una pureza y una fe absorbentes, creía… Recuerdo haber pasado una noche de fervoroso arrepentimiento por haber cogido una onza de chocolate de la despensa de mi abuela; pecado horrible entonces para mi conciencia de nueve años y, por el cual, tenía la certeza de que se abrirían ante mí las puertas del infierno. ¡Ah! ¡Qué espanto cuando pienso que entonces yo veía la posibilidad del perdón de mi abuela, y no suponía fuera cosa asequible el perdón de Dios…! ¿No era yo entonces una atea? He ahí el concepto de Dios con arreglo al catolicismo y ¿qué idea es esa de un Dios chico, personal, ocupado en el trajín de penar culpas cometidas por sus propios hijos, Dios de minucias, administrador de premios y castigos; vengativo de pero condición que los padres y abuelos humanos; atareado, como maestro de lugar, en apuntar en la pizarra las picardigüelas de sus discípulos.

¡Con cuanto afán ahondé después, días y años enteros, en los libros llamados santos, y con cuán hondo convencimiento los relegué, al fin, en mi biblioteca como curiosidades históricas de la infantil edad humana, dando con ello mi adiós postrero a una fe incompatible con la idea de Dios; y al abandonarla definitivamente ¡cómo se plegaron las alas de mi alma a través del infinito de los cielos, en donde el corazón, tierno y piadoso, ha podido encontrar horizontes a sus ansias; en donde la mente guiada por las ciencias, registradoras de las leyes naturales, supo hallar el divino emblema de Dios, amable y sonriente, piadoso y dulce, sereno y sabio, inmedible e inanalizable, que despliega su manto de soles y de mundos en la infinidad del universo y los pétalos de las florecillas campestres en los valles y cañadas de la tierra!

Y cuando en mi ansia de obedecer y amar a Dios he ido, año tras año, peregrinando por montañas y costas, mil veces me arrodillé extasiada al alzarse ante mi vista sus majestuosos altares en los ventisqueros pirenaicos, en las crestas rocosas de las cimas cántabras o en las escolleras abruptas donde los torbellinos del mar cantan hosannas eternos… Y allí, en presencia de los grandes cuadros de la Naturaleza, donde todos los colores de la divina paleta trazan la armonía del mundo, mi alma, siempre arrodillada, siempre sumisa y piadosa, volvía sus anhelos a la divinidad desconocida y magnífica que, por decreto inescrutable, nos da ojos para ver, corazón para amar, conciencia para sentir y mente para analizar.

¡Atea! ¡Yo atea! ¡Pobres ciegos del entendimiento que saben forjar un Dios a su imagen y semejanza, Dios de odios y soberbia y no imaginan que la Divinidad pueda ofrecerse a nosotros con otras vestiduras que aquellas pobres vestiduras tejidas por las mortales manos!

¿Qué dosel extenderéis vosotros en vuestros templos capaz de competir en los albos encajes que se despliegan en los orientes y los ocasos del sol? ¿Qué pedestales de pedrería colocaréis bajo las plantas de vuestros ídolos que semejen el tapiz de rubíes, esmeraldas y perlas, que extiende el rocío en las praderas y en los montes? ¿Qué ceñidores anudaréis sobre el cartón o la piedra de vuestras imágenes comparable a los cendales de espuma y a los broches de hielo que el mar riega en torno de la tierra y los montes engarzan sobre sus altas cumbres? ¡Cantad endechas y letanías; todas sus notas están asoladas por el fragor de las tempestades, aluviones de fecundidad que ruedan sobre el planeta para vestirlo en la primavera con el tisú de las flores y enriquecerlo en el otoño con el tesoro de los frutos!

Y cuando bajáis a las profundidades de vuestra personalidad ¿no veis a Dios en todas las sinuosidades del ser humano, plácido, amoroso, tranquilo y alegre, si vuestra naturaleza cumple las leyes para las que fue creado? ¿Imagináis, acaso, adoradores de la mentira, que nos es posible, a los pobres mortales, evadirnos de uno solo de sus mandatos? ¿No lo veis, mejor dicho, no lo sentís posar sobre vosotros mismos enlazando en la divina armonía universal la estrella y la hormiga, la tempestad y la flor, el alma y el cuerpo? ¿No comprendéis que nunca sentiremos el dolor cuando nos pongamos acordes con el Divino tono y obedezcamos incondicionalmente las leyes de la Divina voluntad?

 

Octubre 1909

 

El Noroeste, Gijón, 1-11- 1909

 

 

Rosario de Acuña y Villanueva.

Una heterodoxa en la España del Concordato

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