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¡Yo, en la Academia!

 

A don Rafael Sánchez de Ocaña

Mi buen amigo: ya hace muchos años que no leo ningún periódico rotativo español; la prensa que me informa de lo que pasa en el mundo es la portuguesa, con la que estoy completamente acorde.

Esta, El Socialista y las revistas de monos (cuyos textos no leo las más de las veces) es lo único que tengo, así es que no había sabido lo dicho por Castrovido hasta ayer, y... la carcajada que lancé debió oírse en el Naranco. Hoy, usted remacha el clavo respecto al asunto que provocó mi risa. 

El bueno de Castrovido, sin las suspicacias del macho fané, con su gran corazón y su honradez de profesional de la pluma, la más difícil de las honradeces de la actualidad, me colgó un sambenito morrocotudo; usted que me conoce y sabe cómo vivo, y casi para qué vivo, ¿cómo cayó también en la condescendencia de aplaudir semejante cosa? Ni como cuento chino, ni siquiera como motivo para pasar el rato, se me debe a mí mezclar en el tráfago de todas estas oralinas de la sociedad; yo rompí con Ella para siempre y radicalmente, y Ella me descalificó...(e hizo bien, porque ninguna de sus leyes, costumbres, ni fines fueron nunca acatados, ni siquiera respetados por mí) y yo la descalifiqué a Ella para meterse conmigo, ni para mal ni para bien; claro que para mal Ella se ha metido conmigo siempre que ha podido y como le dió la gana y, por lo tanto, y a la recíproca, yo estoy en mi derecho al mandarla noramala cuando le venga en gana de meterse conmigo para bien. Entre Ella y yo no puede haber ningún acomodo.

Aparte que, para mí, ni aun suponiendo, como un ensueño de imaginación perturbada, que me pudieran ofrecer un sillón en la Academia ¿qué iba yo a hacer con semejante armatoste? Lo primero que haría sería limpiarle pulcramente con zorros, cepillo y esponja; luego, antes de sentarme en él, pondría a mi lado la escoba, el cubo de fregar suelos, la pala de lavar, el estropajo, las agujas, el hilo y unos retazos para remendar camisas y sábanas; el puchero y la sartén para poner el cocido y freír la cena; las planchas y un plumero, y ya, con mis útiles de trabajo y de sesenta años de mi vida, cogería en brazos mi Patita vieja, que a los catorce años aún me pone huevos, a mi gallo Sanchito, un hermoso caballero que me quita el maíz de la mano, las biografías de mis animalines muertos: mis perros, mis yeguas, mis tórtolas; la selectísima sociedad de amor, confianza y alegría con quién conviví más de la mitad de mi vida; pondría a mis pies mi silla de montar a caballo, sobre la que recorrí media España; las polainas de alpinismo, mi pequeño revólver, y una pala y un azadón para limpiar mi cuadra y gallinero y quitar zarzas a mi prado, y cuando ya estuviera todo esto a mi alrededor, me arrellanaría en el sillón y preguntaría a los señores del margen: ¿Y ahora qué hago? Les advierto que yo no sé rezar el rosario.

Pues, claro que lo primero que me dirán los del margen es que me llevara todos aquellos chirimbolos, animaluchos y artefactos, que allí no tocaban pito y, entonces yo, recogiéndolo todo, les contestaría antes de irme:

–¡Pues vaya, agur! Que yo donde no esté con todo esto no tengo para qué estar. Con ello y por ello viví sesenta años sin necesitarles a ustedes para maldita de Dios la cosa; con ello me vuelvo a mi rincón para vivir entre ello hasta el último día de mi existencia, riéndome a carcajada limpia de toda clase de Academias habidas y por haber, y despreciando profunda y soberbiamente a una sociedad de hombres y mujeres que llaman subir y llegar a una cofradía de bombos mutuos y vanidades mutuas en la que, de frente, se ponen como jalea a fuerza de cumplidos y zalemas, y por detrás, apenas si dejan algún sitio adecentado a fuerza de quitarse la epidermis y la dermis del alma...

Como Diógenes le contestó a Alejandro cuando éste le conminaba a que le pidiera alguna merced, así le diría yo a la sociedad si cometiera la injusticia y la necedad de ofrecerme algo de lo que ella llama mercedes:

–Lo único que yo quiero ya de ti es que te quites de en medio, porque me quitas el sol.

Para usted y Castrovido mi gratitud por sus intenciones, y déjenme, déjenme reír homéricamente de la ocurrencia.

El Cervigón, Gijón, enero de 1917     

 

 


 

Imagen de la portada del libro

 

¿Quién fue Rosario de Acuña?.

 

 

 

Rosario de Acuña. Comentarios
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