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Linares y el clero santanderino

 

 

Fragmento del texto publicado en Heraldo de ParísAmigo Bonafoux:

En este momento llevan el cadáver de don Augusto González de Linares al cementerio civil de Ciriego. Mientras llega allí, acompañado por un corto número de sinceros, por una muchedumbre inmensa de pueblo, y por gran porción de cultos, de serios, de correctos, muchos de ellos fariseos, yo, aún sufriendo el dolor de no ir en compañía de los unos, en pos del ataúd, por no tener que aguantar la compañía de los otros al codearme con ellos, cojo la pluma para darle breves noticias de este suceso, verdadero acontecimiento en la Montaña.

Ya conocerá usted a tiempo la personalidad de este sabio que, si hubiera tenido la dicha de nacer fuera de España, no se habría agotado, casi infecundo, en el debatir continuo con la brutalidad patria; mas, como en la hora de la muerte no huelgan los juicios acerca de un alma excepcional, aunque estos sean hechos por gentecilla femenina de la menudencia mía, allá va, al vuelo de la pluma, algo de lo mucho que pensé mientras la estudiaba en el brevísimo tiempo de nuestra amistad.

Linares, más que un naturalista, y filólogo, y matemático, y geólogo, y químico, y legista, y sociólogo –que todas estas ciencias alcanzaba con una cultura y lucidez asombrosas– era un filósofo racionalista inconmensurable. Cerebro vibrátil desde la más tierna niñez, [se dedicó] a la investigación de todos los porqués que surgen en el caminar del pensamiento. El suyo, profundo, meticuloso (con esa meticulosidad de la mística, que ahonda insaciable en pos de lo absoluto), ansiando desentrañar, ante la razón, todo misterio del sentido y del alma, fue acumulando sobre las dudas las afirmaciones y, al llegar a la granazón de su vida, su mentalidad derramaba un torrente de justicia ante la evolución psicológica, porque, no hay que vacilar un instante, la racionalidad no es otra cosa que justicia, subjetiva u objetivamente considerada. Es difícil de concebir la firmeza de su razón para la verdad. No dudaba jamás, si no para afirmar. Y si al ojo inexperto del observador superficial resultaba ser una víctima del delirio de la duda, cuando –a través de sus pensamientos y de sus acciones– se buscaba la esencialidad del alma, donde radican íntegros los resortes del sujeto consciente, causaba un verdadero asombro hallar la majestuosa serenidad del creyente erguida con alteza augusta e invencible. De aquí que, siendo en todos los asuntos menudos de la vida la irresolución y el arrepentimiento personificados, fuese en todos los grandes problemas que conmueven a la humanidad, una piedra miliar donde podía acudirse con la seguridad de encontrar rumbo seguro en las asperezas de la jornada.

Similar de Tolstoi, por venir desde la lejana niñez del rancio cristianismo; nutrida su capacidad analítica por las enseñanzas de Darwin y toda la escuela trasformista; sumiendo su mirada de águila en los esplendores astrales spencerianos; hermanado en costumbres, hábitos y deberes con el gran Giner de los Ríos; teniendo la elocuencia de expresión –que es lo más selecto– de la mentalidad salmeroniana; admirador asiduo y estudioso lector de Cajal; habiendo tenido que profundizar, por su profesión de biólogo, en los grandes misterios germinativos de la naturaleza, que se le ofreció, virgen y madre, con todos los esplendores y todas las fecundidades que ofrece, en su cáliz de vida, a quien la ama y venera con las potencias del alma, como el la amaba y veneraba; Linares –dominando con su temperamento genial los peligros de un eclecticismo hueco y ramplón– arrolló todos los prejuicios, sectarismos e intransigencias de escuela que podían entorpecer la órbita de su razón y se alzó, como astro de primera magnitud, solitario y central en los campos de la filosofía, asentando una sola piedra angular para el sostenimiento de la vida consciente: la felicidad humana. Y lanzando un solo mandamiento para el decálogo social: la fraternidad de los hombres. Con estas dos afirmaciones marchaba –sin una vacilación, sin un rodeo– seguro, tranquilo, grande, verdaderamente mayestático, que sólo a grandezas tales le cumple la palabra, creciendo en altura intelectual al par que los años le acercaban al único problema que no tenía resuelto: al de la muerte. Y al cual llegaba con su razón para enviarla, más allá del problema, en alas de un sentimentalismo exquisito que, cual esencia largo tiempo encerrada en preciado pomo, surgía con perfume delicioso de sus reminiscencias cristianas. Porque Linares no era sólo un gran filósofo racionalista, era también un hermosísimo corazón humano. En el templo de la filosofía española sólo hay una personalidad a quien se le puede comparar, sin que discrepen ambos en alturas, a don Francisco Pi y Margall, teniendo Linares la ventaja en que era más humano, más pasional; en que su ser estaba menos aislado en las cumbres de la abstracción; en que se codeaba más con los míseros ceros de la humanidad, tan grandes y sublimes si se les designa su verdadero sitio y no se les excluye del derecho a la dicha.

Sabio y piadoso, filósofo y humano: cuatro extremos en oposición constante para la mayoría de los mortales, entre los cuales caminaba este hombre excepcional que hoy bajan al sepulcro.

Su obra es inmensa, aunque pudiera haber sido más fecunda en nación extranjera, y aunque la ven pequeña los nublados ojos de esta patria moribunda. Y no es su obra tangible ante las miradas vulgares, porque sus anotaciones de biólogo y naturalista –entre las que hay maravillosos descubrimientos– las deja en caótico desorden (que su apostolado de virtud y de razón le robaba el tiempo a sus trabajos científicos), y el gabinete de biología marítima –del cual era director y que cuenta más de 20 000 frascos con ejemplares preparados preciosos (algunos de inmenso valor científico), todos coleccionados por él– es casi seguro que vaya a sumirse al Museo de Madrid, de modo que no deja ni trazo escrito en orden aprovechable, ni obra que pueda subsistir por sí sola, testificando su trabajo personal… Mas, repito que su obra es inmensa: deja en sus fieles, en sus adeptos, en sus familiares en sus conciudadanos, un ejemplo gráfico, vivo, elocuentísimo de cómo se puede vivir y morir bajo los cánones de la razón y del sentimiento. Cuantos a él se han acercado han llevado elementos afirmativos en sus inteligencias y en sus corazones. Y, en esta tremenda caída que sufre nuestra patria, cuando la masa española hierve con el fermento de la postrer gangrena, un átomo solo que atraiga células nutridas de salud y vigor realiza una labor portentosa de reconstitución. Linares era un foco de elementos de nutrición, era un guía valeroso, un faro deslumbrante, un núcleo de virtud creadora capaz de hacer que la divina Verdad descubriese su faz luminosa en la sombría noche de nuestra patria. He aquí porqué su obra ha sido inmensa. ¡Jamás será llorado bastante por la Montaña; por esta su Montaña, como él la llamaba, y por la cual vivía en constante desvelo; porque en aquel cerebro, tan capaz para el amor divino a «la Tierra», cogía y brillaba, cual brillante de purísima luz, la chispa del amor a la patria chica: ¡privilegio envidiable de ciertas almas que, en la gama de los afectos, saben extender sus ternuras del gusano a la estrella, del universo a su Hacedor...! ¿Y qué recompensa ha llevado este gran hombre a su sepulcro?

¡Ay, amigo Bonafoux, qué pena haber nacido en España!, ¡qué pena morir en ella! ¡Esto es horrible! ¿Cuándo sonará la hora de la justicia para todos los que, en el Estado Mayor o entre los bagajes del ejército intelectual, caminamos hacia la finalidad humana, hacia el libre y soberano dominio sobre la propia conciencia? Aquí no se puede ser nada, ni sabio, ni bueno, ni genial, ni culto, ni útil, ni feliz, si no se mete uno en el redil católico, apostólico, romano, ibérico.  Porque el caso es que ya no nos basta con ser romanos: hay otro catolicismo más fino (heredero directo de Torquemada), que es el ibérico, el español, el patrio, éste que ya no le deja a usted vivir, ni morir, si no envolviéndolo, como una ciruela pasa,  en estampitas de San Expedito o del sagrado corazón. ¡Qué va a ser de nosotros!, ¡Dios eterno!, cuando esta legión de frailes sin cerquillo y monjas sin hábito que forman la nación española, no se detiene ya ni ante la respetabilidad de un hombre como Linares, que tuvo a gala (y por causa de su filosofía) hacer alarde de una tolerancia quintaesenciada. ¡Cuarenta días ha durado la dolencia del sabio muerto!, y sería cosa de escribir un tomo con lo que se ha maquinado en este tiempo para lograr cogerlo. Mal o bien convencido, el caso es que fuera allí, a su paraíso, a ese paraíso imbécil donde toda la felicidad se reduce a chuparse el dedo en estática contemplación... ¡Dios de Dios!...

En las alternativas del mal, y cuando creían que iba a marcharse sin aplicarle el marchamo para entrar por la aduana del purgatorio, perdían la cabeza: curas, frailes, dignidades católicas, todos acudieron a los alrededores del hotel. Y beatas, muchas beatas; de todas clases: de seda, de lana y de percal; con plumas, con manto y con pañuelo y... Al fin lograron murmurar, al oído del enfermo, algunas de esas frases de idiotismo inocente, por las cuales deberían, casi todas las mujeres españolas, estar recluidas en una casa de salud, dedicada a los menos... Y afuera, el cabildeo de la gente negra buscando subterfugios para entrar en la casa y –aparentemente siquiera– demostrar que habían llegado a tiempo, pues el caso era ostentar a Linares en el campo negro, en el antro oscuro donde la razón se tambalea entre absurdos y el sentimiento se rebaja entre puerilidades; y el alma rastrea entre las miserias y el egoísmo; y la mente se anubla entre el terror y el asco. ¡Porque era muy grande Linares! ¡Estaba muy alto, brillaba mucho, para dejarlo solo, y fuerte, y sereno, en los campos del racionalismo, como flamante enseña de alistamiento para la gran batalla que se aproxima entre la sombra y la luz, entre el error y la verdad, entre el odio y el amor!... Y mientras toda la hueste se arremolinaba, sembrando la calumnia y el ultraje alrededor de los que asistíamos, sin miras sectarias ni bastarda intención, solo guiados por una piedad infinita hacia el doliente, y un respeto, inmenso, hacia el sabio; mientras los coches de las dignidades católicas esperaban enganchados para partir a escape y llevar la salvación (¡menguada salvación!) al ilustre moribundo; mientras en las asociaciones de frailes y de monjas se hacían rogativas para la conversión del hereje, éste –reaccionando bajo el latigazo del fanatismo que cruzó su rostro– realizó uno de los actos más grandiosos que pueda ejecutar un agonizante. Mandó llamar a unas cuantas personalidades significadas de Santander, unas por su valor real, otras por sus ideas católicas, otras por la sinceridad de sus convicciones, y, ante todas, allí, en el lecho que pronto había de ser fúnebre, hizo la profesión de fe racionalista más austera y elocuente que le es dable oír a oídos humanos:

«Fui católico –dijo–, católico ferviente convencido, y la meditación, el estudio, la observación y el conocimiento de la vida y sus leyes, arrancaron de mi razón la venda de la fe, y –aun respetando profundamente al catolicismo– rechazo, ahora y para siempre, como antes lo rechacé, todo dogma católico y quiero morir sin que se perturbe la paz de mi alma.»[1]

 ¡Sublimes frases que deberían trazarse, con rasgos de oro, en la historia de la filosofía española!... La ola negra huyó de la morada del moribundo, que reaccionó, en mejoría aparente, para caer después en el sepulcro, con la apacible serenidad de su conciencia de justo. Ni un instante perdió aquel poderoso luminar de su razón, que brillaba, como aurora de un mundo futuro. Rodeado de su esposa y sus hijos, se fue despidiendo de todos con palabra serena y frases solemnes: «¡Amaos, amaos!, ¡uniros en estrecho haz, perdonad y quereos!, ¡sólo en el amor inagotable se fundamentan las felicidades humanas!». ¡Palabras sublimes que hace miles de años descendieron desde las montañas del Himalaya, con la religión védica  y siguen, en peregrinación a través de los siglos, ofreciendo bienaventuranzas inmortales!

¡Mas ellos –ellos, los inconfesos del amor fraternal, que ha de unir a los hombres por encima de los siglos y de las religiones; los negados a toda evidencia de dicha que arranque de la estimación del prójimo; los que necesitan, para ir seguros y tranquilos, dejar caer el peso de sus cerebros, paralizados en la evolución asimiladora, sobre las anodinas leyendas de las castas sacerdotales; los que estrujan, aplastan, y pulverizan nuestra infeliz España– no huyeron, no, mas que para volver con solapada intención. Emisarios capaces de engañar a las almas cándidas, que –aun conociendo la inferioridad y la insuficiencia de los consejeros– respetan sus palabras, fueron a perorar, en formas cultísimas, y con una verbosidad redicha y rebuscada, a la morada del ya muerto Linares. Llevaban entre sus manos el señuelo de las glorias póstumas. Hablaron bien, ¡vive Dios!, aunque engañaron a medias. Dijeron así: «A su gran tolerancia, a su alejamiento de la derecha y de la izquierda, a su afán de no ser sectario de los unos ni de los otros, corresponde un sepulcro neutro, aunque esté alzado dentro del panteón católico de los hombres ilustres de la Montaña». ¡Ah! ¡cuán fácil era después, cuando el tiempo borrase las huellas de su muerte, trazar sobre el sepulcro una crucecita que lo incluyese de hecho entre ellos! Un sepulcro neutro, sí, ¡sí!. ¡Ni para ellos ni para nosotros! Así debería de ser, la tierra es toda, ¡toda!, del parásito hombre, cuyo sudor la fecunda y cuyas lágrimas la riegan. ¡Tierra bendita! ¡Bendita toda y siempre! ¡Tus selvas son el manto de tu realeza; tus ventisqueros la corona de tu soberanía; los mares la urna sagrada de tu fecundidad; los seres que pueblan tus bosques y montañas, tus valles y llanuras, el cono espléndido con que entona la vida, en la aurora y en el ocaso, el himno a tu grandeza! ¿Qué mano audaz apartó de tus senos una porción cerrada para llamarla bendita profanando así la santidad de tu misión?  ¿Para qué necesitan ir allá, ni a la derecha ni a la izquierda, ni entre unos o entre otros, los restos del que brilló  solitario, con propia luz, en los cielos del pensamiento humano? ¡Paz a su memoria!, ¡que no la turbe el rumor de los pasos que cruzan por los apartados de la muerte, hechos al influjo de la estulticia de los hombres! ¡Dejad los huesos de Linares pudrirse allá, debajo de la madre Tierra, en cualquiera de sus repliegues, ¡todos benditos! Esos acantilados solitarios de la costa cántabra donde buscaba, a veces con el agua a la cintura, un despojo marino ¿no podrían sostener un sepulcro de piedra (consagrado por la mascarilla del sabio), donde el rugido del mar –cuando los vendavales le azotan–, o las brisas de las olas –cuando la primavera las besa–, entornasen eternamente el miserere grandioso de la Naturaleza, llorosa al perder uno de sus sacerdotes? ¡Que duerma el sueño de la eternidad en la paz que buscó para la vida!... ¡Que espere allí, enfrente de la augusta soledad del mar, y en soledad constante, la hora bendita en que el ósculo de la fraternidad humana borre las sangrientas huellas del odio!

Volvamos la mirada hacia su noble viuda. No es posible imaginar cuán bien cumplida ha sido, en los últimos momentos del sabio, la misión de la esposa. Al natural cuidado de la mujer para el enfermo, unió una actitud llena de firmeza exquisita –sin dormir, ni descansar, ni separarse un solo instante del doliente–, ágil, silenciosa, prudente. Los de allá afuera, los del acecho, sabían que era el centinela incorruptible que haría respetar la consigna ordenada por la voluntad de su marido. Jamás podrá hallarse un ejemplo más edificante del valor inmenso de una mujer culta y consciente al lado de un filósofo moribundo. Ella, que durante años secundó el trabajo científico de su esposo, bajando a las costas a «hacer las mareas» (término técnico de biología marina); ella, que dibujo con hábil mano los más complicados preparados microscópicos; ella, siempre llevando el corazón del sabio a través de los escollos sociales, al llegar la hora suprema supo deslizarse, por entre las corrientes, para dejar franco paso al puerto donde quiso llegar la razón de su marido. ¡Bendita sea por su obra de justicia y de piedad! Y si la Montaña sabe cumplir con su deber, la viuda de Linares, pobre como todas las viudas de los sabios, no buscará en el trabajo su sustento, ya que el Estado no le reconocerá más que una mísera pensión.

Dos figuras de gran relieve se destacaron también al lado del enfermo: don Eduardo Estrañi y don Francisco Toca, amigos y médicos ambos. Estrañi puso todo el brío de su ciencia joven para salvar aquel organismo que se desmoronaba bajo los zarpazos de la pulmonía infecciosa. La vuelta hacia la salud que se inició en el primer tercio de la enfermedad, se debió  al recurso terapéutico del Hemon de Jussier, aplicado por Estrañi cuando un estado agónico invadía al enfermo. Asiduo y cariñoso, llevando al lado del doliente energía y esperanza con su oportuna palabra y claro concepto, luchó con todas las armas de una ciencia sólida y amable para salvar aquel corazón hipertrofiado y fláccido de la invasión microbiana...

Don Francisco Toca fue cediendo, palmo a palmo, el terreno a la muerte. Con su bagaje enorme de experiencia, serenidad y estudios constantes acudió, desde los primeros momentos, al lado del amigo, velándolo sucesivas noches, esparciendo ánimo y consuelo en torno del lecho;  y cuando la muerte tuvo segura su presa, se sentó al lado del moribundo para darle con el calor de sus manos la postrera sensación de humana dicha, ¡no irse solo al negro abismo de la eternidad!; y cuando el cuerpo cayo en ella, aún le tributó Toca el mayor homenaje de cariño que la amistad puede otorgar, lavándolo y vistiéndole el último ropaje, la alba sábana que hizo veces de sudario...

Son las siete de la tarde. Desde las once, hora en que era el entierro, mi pluma no se ha levantado del papel. ¡Cuán pobre tributo el de mi trabajo para lo que el muerto merecía! Sin embargo, así y todo, mientras allá –al cementerio– fueron muchos cuya alma estaba muy lejos del alma de Linares, yo aquí, en la soledad de mi casa, teniendo enfrente el mar bravío que borda de espumas la tierra de Cantabria, pasé la tarde en oración ante la memoria del sabio y del bueno... ¡Que mis lágrimas de amistad y respeto se evaporen en las brisas del Océano para caer, con el rocío de la cercana noche, sobre su tumba!

Cueto, mayo 1904

 

 

[1]  En parecidos términos se expresa la crónica de Socasaus publicada por El Pais en su edición del 5 de mayo: «Días antes de morir, católicos influyentes visitaban su casa, mientras fuera y en coche esperaba el obispo de esta diócesis le dieran aviso para confesar y fortalecer al enfermo. Todo inútil, ante doña Rosario de Acuña, doctor Toca, y otras distinguidas personas, entre ellas algunas católicas, exclamó el eminente naturalistas: «Voy a morir [...] Quiero hacer constar lo siguiente: Que fui católico, pero por mis convicciones y estudios que tengo hechos de las religiones, no profeso ninguna positiva, y nadie en mi casa se opone a mi voluntad, y deseo que todos la respeten, enterrándome en el cementerio civil...».

 

 

 

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