Rosario de Acuña y Villanueva

Madrid, 1850- Gijón, 1923

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Emergiendo entre la neblina

 

Cautivo y desarmado uno de los dos grupos contendientes, las autoridades del nuevo Estado se dedicarán con afán a borrar todo atisbo de duda sobre la posición hegemónica que la Iglesia católica desempeñará en España desde el primero de abril de 1939: la nación ha recuperado en el campo de batalla la unidad religiosa perdida setenta años antes en las páginas de un texto constitucional. El artículo primero del Concordato de 1851 recupera todo su esplendor: «La religión católica apostólica romana, que con exclusión de cualquier otro culto continúa siendo la única de la Nación española…». Quienes habían defendido durante años otras posiciones bastante tenían con llorar a los que se habían quedado en el camino y con intentar sobrevivir en las difíciles circunstancias en las que se encontraban.

No eran tiempos para enarbolar el estandarte de heterodoxia alguna; no eran tiempos para reivindicar la memoria de quien, como Rosario de Acuña y Villanueva, se había caracterizado por combatir la visión del mundo que entonces se había convertido en hegemónica. Así las cosas, sin nadie que la pudiera agitar convenientemente para que se dispersase, la neblina fue cubriendo poco a poco su recuerdo.

Su nombre se cayó de casi todas las calles en las que había figurado de las páginas de los periódicos, de los comentarios… de la mutilada memoria colectiva. Tan solo unas flores rojas colocadas en su tumba cada cinco de mayo, día de su muerte, y cada primero de noviembre, aniversario de su nacimiento, y unas pocas páginas amarillentas de algún que otro libro al alcance de unos pocos, podrían evitar que cayera en el ostracismo.

 

 

AL ENCUENTRO DE SU MEMORIA

En los años sesenta, cuando el desarrollismo hizo inevitable que entrara luz por las rendijas, iluminando rincones que habían permanecido en la oscuridad durante tanto tiempo, eran pocas las personas que tenían noticias ciertas acerca de una persona que, en otro tiempo no tan lejano, había dado nombre a calles y colegios. En Gijón, donde su cuerpo había sido acompañado cuarenta años atrás por una fervorosa multitud en su definitivo traslado hacia la tumba, «Rosario Acuña» (o mejor aun, «Rosarioacuña») era para la gran mayoría de sus habitantes tan solo una referencia geográfica, un lugar situado junto al mar al que, de cuando en cuando, se iba caminando. Tantos años de silencio habían terminado por difuminar su recuerdo. Lejos de la patria, sin embargo, algunos habían mantenido vivo su recuerdo. Tal es el caso de Amaro del Rosal Díaz, un asturiano exiliado en México antiguo dirigente del sindicato de banca de la UGT, director general de la Caja de Reparaciones durante la Guerra, que conoció a la librepensadora poco antes de su muerte y que ahora, en la década de los sesenta, se muestra decidido a recopilar todo tipo de materiales relacionados con la escritora, al objeto de publicar un libro que rescatase del olvido su vida y su obra. Luciano Castañón, uno de sus colaboradores en España, le informa por entonces que ha localizado en Gijón a una anciana que en su juventud fue amiga de Rosario de Acuña. Se trata de Aquilina Rodríguez Arbesú quien, a pesar de la diferencia de edad, había mantenido una estrecha relación con doña Rosario, por quien sentía tal veneración que llegó a guardar durante décadas algunas de sus cartas, recortes de periódico, fotografías y  otros variados recuerdos entre los que se encontraba su famoso testamento ológrafo. Aquella octogenaria, que durante tantos años había acudido por lo menos dos veces al año a depositar un ramo de flores en la austera tumba de su amiga, se había convertido en el último fulgor que aún podía iluminar el difuso recuerdo de una vida que se hallaba cubierta por la neblina.

Por estos mismos años, la curiosidad por desvelar quién se escondía tras aquel topónimo, tan habitual en las conversaciones de los gijoneses, azuzaba a los vecinos más curiosos. Tal fue el caso de Patricio Adúriz, cuyo interés por el pasado de su ciudad lo convertirán años después en cronista oficial, a quien lo primero que se le ocurrió fue acudir al cementerio local esperando encontrar allí la tumba de quien suponía había sido una persona notable. Después de mucho buscar, tan solo encontró una sobria y menuda lápida en la que, además de su nombre y los años entre los cuales transcurrió su vida, figuraba una escueta mención: «escritora ilustre». No era mucho, pero serviría para comenzar el rastreo por cuantas enciclopedias se pusieran a su alcance. Sin embargo, no fueron los libros su mejor fuente de información ya que tuvo la fortuna de localizar a alguna de las personas que conocieron en vida a la escritora, entre ellas a Aquilina Rodríguez Arbesú: «Llegamos justo a tiempo. Unos cuantos años más y entonces sí que afirmo que no habríamos conseguido nada». Patricio Adúriz dio cuenta pública de sus hallazgos a lo largo de cinco entregas semanales que publicó el diario gijonés El Comercio en los meses de febrero y marzo de 1969. En aquellas cinco páginas de periódico empezó, al fin, a asomar entre la borrina la estela de una mujer que no ha hecho más que sorprendernos. Allí se aportaron datos biográficos ciertos,  se da cuenta del testamento escrito por su mano en 1907, se reproducen algunos de sus sonetos, las cubiertas de  varios  libros y seis fotografías de la escritora...

En 1973, año en el que se cumplía el quincuagésimo aniversario de su fallecimiento, la escritora retorna de nuevo a las páginas de la prensa: Asturias Semanal publica un amplio reportaje de Javier Ramos con el testimonio que sobre Rosario de Acuña le había facilitado una mujer de ochenta y tres años de edad llamada Aquilina Rodríguez Arbesú, ilustrado con las fotografías del testamento ológrafo y de una de las copias del discurso pronunciado en la ceremonia de inauguración de la Escuela Neutra Graduada de Gijón. Cabe pensar que el carácter regional de la revista pudiera haber contribuido a amplificar el eco que había tenido la anterior publicación de Adúriz en un diario local. Lo que parece indudable es que ambos se convirtieron en referencia obligada para cuantos desde entonces se deciden a indagar acerca de quien durante décadas permaneció en el olvido. No es de extrañar, por tanto, que fuera en Asturias donde surgieran los primeros interesados en continuar investigando en torno a esta atractiva figura que se adivinaba entre las sombras en las que aún estaba sumida.

En 1976, Amaro del Rosal incluye en una obra que publica por entonces una referencia a esta socialista-humanista, cuya memoria pretende recuperar para las nuevas generaciones: la única española a la que se puede comparar con Flora Tristán. Un año después, en Gijón y los gijoneses el escritor Mauro Muñiz, recogiendo parte de la información ya conocida y añadiendo algún que otro recuerdo personal o familiar, convierte la presencia-ausencia de la escritora de El Cervigón en recuerdo de una generación que, aunque no la conoció, notó su presencia cada vez que caminaba por las proximidades de la que fuera su casa: «Rosario Acuña es como un mito, una leyenda, un ser transferido al Gijón ideal y al de los sueños, tan real muchas veces como el que existe físicamente».

A las aportaciones biográficas, que, poco a poco, van dando forma humana al frío topónimo, se suman las primeras incursiones que se realizan en torno a su obra: en 1983, la profesora Sara Suárez Solís realiza una aproximación a su producción dramática en «Una obra de teatro olvidada Rienzi el Tribuno de Rosario Acuña», artículo publicado en el número inicial de la revista Magíster, editada por la Universidad de Oviedo, en donde confiesa las dificultades que ha encontrado para localizar sus libros pues «acabó con ellos nuestra secular manía de limpieza moral y religiosa. Desaparecieron prácticamente de las bibliotecas públicas, y apenas en las privadas puede espigarse alguna de sus obras». Para intentar remediar esta carencia evidente, el Ateneo Obrero de Gijón reedita en 1985 El padre Juan, con unas breves notas biográficas de J. Bolado. Al año siguiente, Luciano Castañón, uno de los primeros en conocer el testimonio de Aquilina Rodríguez, se decide, al fin, a publicar parte de la información que lleva recopilando desde los sesenta. En «Aportación a la biografía de Rosario de Acuña», que se incluye en el número 40 del Boletín del Real Instituto de Estudios Asturianos, traza las líneas maestras de la biografía de la escritora: nos habla de su presencia en Asturias, de su amistad con Aquilina y del testamento ológrafo otorgado en Santander en 1907, que transcribe íntegramente.

A partir de este momento el interés por Rosario de Acuña trascenderá los límites de la tierra en la que decidió pasar sus últimos años, sumándose investigadores de otras regiones a la labor de recuperación de su memoria que se había emprendido en Asturias. Tal es el caso de Pedro Álvarez Lázaro quien lleva un tiempo indagando todo lo relacionado con su proceso de iniciación en la masonería, del cual nos da cumplida cuenta, documentos inéditos incluidos, en su obra, ya clásica, Masonería y librepensamiento en la España de la Restauración, que aparece en 1985. También en Cantabria empiezan por entonces a preocuparse por quien fuera una de sus más entusiastas avicultoras, al tiempo que comprometida publicista. En diciembre de 1988 aparece en el diario Alerta el artículo «Rosario de Acuña, librepensadora y masona», firmado por José Ramón Saíz Viadero, en el que se trazan los hitos y los rastros de su presencia en tierras cántabras: «Su estancia en Santander dejó tal huella, pese a la brevedad de su paso, que el Ayuntamiento acordó durante la II República dedicar la calle de Carlos III a la memoria de Rosario de Acuña…». Apenas dos años más tarde, Matilde Camús le dedica un destacado espacio en Historia del lugar de Cueto, donde nos cuenta algunas de las peripecias que le ocurrieron durante el tiempo que vivió en esa localidad. Será, sin embargo, María del Carmen Simón Palmer quien terminará por situar a Rosario de Acuña en el punto de mira de los investigadores nacionales e internacionales al reeditar en un volumen aparecido en 1990 dos de sus obras más emblemáticas, Rienzi el tribuno y El padre Juan, precedidas de unas notas introductorias que, a pesar de la brevedad, contribuyen a contextualizar convenientemente tanto a la autora  como a su obra, de manera tal que el conjunto resulta un sugestivo punto de partida para quienes se han sentido atraídos por mujer tan poco conocida. Una nueva aportación de la prolífica investigadora publicada un año después vendrá a aportar nuevas y valiosas informaciones que contribuirán a allanar el camino a futuros investigadores: se trata de Escritoras españolas del siglo XIX. Manual bio-bibliográfico, donde Simón Palmer incluye una exhaustiva relación, la más completa hasta entonces, en la que da cumplida referencia de los escritos de nuestra autora: treinta y dos libros o folletos, veintitantas  poesías, treinta y dos artículos, así como varias colaboraciones en obras colectivas…Ese mismo año, Elvira María Pérez-Manso realiza en Escritoras asturianas del siglo XX la primera aproximación crítica al conjunto de su obra, analizando la mayoría de los volúmenes publicados (cinco de teatro, tres de poesía y dos colecciones de artículos). En 1992 el Ateneo Obrero de Gijón prosigue su labor de divulgación, iniciada con la reedición de El padre Juan, editando un pequeño volumen en el que se recogen siete de sus escritos, entre artículos y cuentos, que habían recuperado la luz en los últimos tiempos, así como la trascripción de su testamento.

Así pues, se puede decir sin excesivo riesgo de equivocarse que la situación ha mejorado de forma ostensible. A principios de los noventa, desempolvados algunos de los libros que habían permanecido medio olvidados en los viejos anaqueles, la figura de Rosario de Acuña y Villanueva empieza a emerger entre la niebla, gracias a los esfuerzos de quienes en los años precedentes se han visto atraídos por el tenue rastro que aún da cuenta de su pasada existencia. Su nombre no solo recupera espacios en las nuevas ediciones de Historia de la Literatura española (Zavala, 1994; Huerta, 2003…) y tiempos en los congresos del ramo (Ayala, 1995; Santaolaria, 2000), sino que también ocupa lugar destacado en cuantos estudios sobre las mujeres se realizan por entonces (Bolado, 1999; Martínez, 2000; Simón Palmer, 2003; Álvarez, 2003; Fernández Vargas, 2004…). Cada vez es más frecuente encontrarnos con sus poesías o sus cuentos en alguna antología (Kirkpatrick, 1992; Correa, 2000; Sánchez Llama, 2000; Reina, 2002; Fuentes, 2005; Díez, 2006); con algún estudio sobre su vida o su obra en las páginas de revistas especializadas de ámbito nacional (Lacalzada, 2002, 2003; Pineda, 2002; Valladares, 2002) o internacional (Sánchez Llama, 2004; Zaplana, 2005; Arkinstall, 2005, 2006). El interés por esta mujer no solo ha llegado a universidades europeas o norteamericanas, sino también a otras más alejadas geográficamente como la neozelandesa de Auckland. En cualquier caso, se trata todavía de comentarios sobre alguna de sus obras o reflexiones acerca de determinados aspectos de su polifacética e intensa vida. Será en el año 2000 cuando aparezcan los primeros trabajos  que, recogiendo los datos parciales que han ido apareciendo hasta entonces, nos muestran el primer bosquejo de una  imagen global de la recuperada autora, quien todavía  tiene que compartir espacio con otros biografiados (siete en la obra de Roda y tres en la de Bolado). Habrá que esperar algo más para que aparezcan las primeras obras que se ocupen de manera monográfica de nuestra escritora. Tal sucederá en 2005 cuando salga a la luz Rosario de Acuña en Asturias, a la que meses después seguirá Rosario de Acuña: masonería y anticlericalismo burgués y, al año siguiente, Rosario de Acuña. Literatura y transgresión en el fin de siècle.

A medida que se va teniendo noticia de la recuperación de nuevos datos acerca de la vida y obra de Rosario de Acuña, una parte de la sociedad, aquella que se siente más identificada con los testimonios que van apareciendo, se va a ir incorporando a la tarea de recuperar su testimonio. Será en Gijón donde se den los primeros pasos para la (re)incorporación de la ilustre pensadora a la memoria colectiva: un acuerdo municipal de 1990 otorga su nombre a la avenida que se encuentra próxima a la que fuera su última morada, recuperando así la presencia que tuvo en el callejero gijonés durante breves meses en los veinte y algunos  años en los treinta; poco tiempo después, tras la adquisición municipal de la casa que la escritora  había decido construir en un acantilado de El Cervigón, se inaugura una escuela taller de medio ambiente con su nombre; en 1994, las autoridades competentes acuerdan conceder la misma denominación a uno de los institutos de la ciudad, accediendo con ello a la solicitud que en este sentido había realizado la comunidad escolar del citado centro educativo. Nuevos grupos ciudadanos seguirán el mismo ejemplo: una asociación coral, una escuela de verano feminista, una logia masónica… La recuperada presencia de quien hizo de la libertad de pensamiento su guía, se convierte también  en estandarte de otros colectivos de ámbito regional, entre los que destaca la Asociación de Viudas de la República que con su nombre al frente ha visto varias veces premiada su labor en pro del reconocimiento y la dignificación de estas mujeres. Otras localidades españolas a las que Rosario de Acuña estuvo muy vinculada no tardarán en tomar iniciativas para recordar su antigua presencia. Si en Santander su nombre retorna al callejero y su memoria a las páginas de libros y periódicos, en Pinto llevan camino de convertirla en una de sus vecinas más ilustres. En esta villa madrileña, en la que algunos insisten en situar su nacimiento, se han venido sucediendo diversos actos encaminados a «recuperar la figura y la obra de la dramaturga, poetisa y articulista» desde que en el año 2003 el pleno municipal aprobara por unanimidad una moción en ese sentido…

Parece que el calor va disipando poco a poco la niebla, que la luz retorna suavemente al País del Sol, que la figura de quien un día decidió cambiar el rumbo de su vida para dedicarse buscar con afán la Verdad se abre paso entre los vahos de oscuridad que la han abrigado durante tantos años.

 

 


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